«El empleador generoso»

«Oración para la cocina»
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«¿Eres buena trabajadora?»
13 marzo 2006

Esta semana estamos tratando un tema que nos involucra y nos interesa a todos. Hablar del trabajo es un tema común para todo el mundo. La Biblia nos dice “El que no trabaja que tampoco coma”. La situación laboral es complicada. En muchos de nuestros países hay miles de desocupados. Algunos ni saben lo que es tener un trabajo digno. Dios desea que todos vivamos dignamente pero el egoísmo de los seres humanos nos ha llevado a marcar grandes diferencias sociales.

Ahora queremos contarte de una empresaria generosa y cómo reaccionaron sus empleados. En realidad es una actualización de una parábola que contó Jesús a la gente de su tiempo. Se encuentra relatada en la Biblia en el libro de Mateo capítulo veinte. Si tienes una Biblia busca la historia y léela. Nos habla del dueño de unos viñedos. Él necesitaba urgentemente contratar trabajadores para recoger la uva que ya estaba madura.
Si la tarea no se hacia inmediatamente la cosecha se echaría a perder; “así mismo”; dijo Jesús es el trabajo que necesitamos hacer en relación al Reino de los Cielos.
Recuerda vamos a adaptarla a nosotras las mujeres.

“El Reino de Dios es como una mujer que salió a contratar empleados para su empresa de confección de ropas. Colocó anuncios en el periódico y en la vidriera de su empresa. Ella divulgó el aviso en su búsqueda de obreras. Muchas mujeres leyeron el anuncio o lo escucharon de otras personas y se inscribieron para el empleo.
La propietaria de la fábrica de ropas se alegró mucho de la respuesta obtenida. Una mañana comenzó a hacer breves entrevistas. Todas han sido aceptadas y ese mismo día con gran alegría comenzaron a trabajar. Estaban agradecidas por esta oportunidad laboral y por la paga que iban a recibir a cambio del trabajo realizado.

A media mañana de ese mismo día la dueña de la fábrica fue al centro de la ciudad a comprar telas para su fábrica de vestidos. Vio unas mujeres de aspecto triste, desanimadas y caminando cabizbajas. Eran desempleadas buscando que hacer. Al verlas en su desesperación sintió compasión.
Se aproximó a ellas y les ofreció empleo con buena paga. Tanta generosidad no se acostumbraba ver por esos lugares. Las mujeres estaban sorprendidas y contentas por el ofrecimiento; además les dijo: “pueden comenzar a trabajar inmediatamente”.

La señora tuvo que volver al centro a la primera hora de la tarde y allí en la plaza principal vio un grupo de mujeres ofreciéndose para trabajar.
Como hizo con las otras las invitó a entrar a su fábrica. Las mujeres estaban asombradas de tanta generosidad.
Lo mismo pasó a media tarde con otro grupo de personas.
Y por último como a las cinco de la tarde, halló a otras que estaban desocupadas y les dijo: “¿Por qué están aquí sin hacer nada?” Y las mujeres le respondieron: “Porque nadie nos ha contratado”.
Ella les habló y les dijo: “Pues entonces ya las voy a emplear y recibirán la paga justa”.
Y así ellas comenzaron a trabajar.

Cuando llegó la noche, la propietaria de la fábrica ordenó al encargado que les pagara el jornal del día, comenzando desde las últimas que fueron contratadas hasta las primeras.

El encargado hizo como se le dijo. Llamó primero a los que entraron a las cinco de la tarde y les dio el dinero acordado. Al venir también las primeras pensaron que iban a recibir más que las últimas; pero para su sorpresa recibieron lo mismo.
Se sintieron molestas, e indignas del dinero recibido. Al enterarse lo que recibieron sus compañeras pensaron que recibirían más porque habían trabajado todo el día. Lo vieron como una injusticia de parte de la empleadora. Se enojaron mucho, y reunidas escogieron a una de ellas que sabía hablar bien para que se quejara en nombre de todas ante la propietaria del establecimiento.
Ellas dijeron: “Estas últimas mujeres apenas han trabajado un poco y les has pagado lo mismo que a nosotras que hemos estado aquí todo el día. Las has hecho igual a nosotras que hemos soportado la carga y el calor del día”.
La señora, dueña de la fábrica, mirándola con compasión le dijo: “Amiga, no soy injusta; ¿no es esa la cantidad que convinimos antes de que comenzaras a trabajar? Toma lo tuyo y vete, porque yo quiero dar a estas últimas lo mismo que a ti. ¿Acaso no puedo hacer lo que quiero con mi dinero? ¿O tienes envidia porque soy generosa?
La mujer avergonzada, bajó la cabeza sintiéndose incómoda, sin siquiera mirar a los ojos de la dueña de la empresa y dijo: “Tienes razón, lo que tú dices está bien y es justo”
Uniéndose al grupo al fin reconocieron y entendieron que su empleadora era una mujer generosa y amable con todas ellas como empleadas.

Así es con el Reino de Dios. Todos los que venimos a su reino poniendo nuestra fe en Jesús seremos tratados como iguales. Dios no hace diferencias nos ama a todas por igual y nos recompensa del mismo modo. Si recibes a Cristo como tu Salvador personal y le entregas tu vida, pasas a ser su hija y parte de su familia.
Dios es un padre generoso y bueno, quiere darte siempre lo mejor. Tú decides si lo aceptas.

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