Muros y prisión

«¿Qué viste en mí?»
22 octubre 2007
Hierro en la sangre
22 octubre 2007

Quiero hablarles de lo que la Biblia dice acerca del amor de Dios hacia nosotras. Quizás algunas de ustedes no entiendan este concepto de un Dios amoroso y personal. La verdad es que, cada persona en este planeta es amada, tenida en cuenta y cuidada incondicionalmente por el Todopoderoso Dios, quien es el creador del universo. No importa lo que hayamos hecho o cuan malos hemos sido, Su amor es incambiable…

y Su gracia es suficiente para nosotros, cuando aceptamos a Su Hijo Jesucristo como nuestro Salvador personal.

¡Los cristianos adoramos al Dios de la Biblia cuya esencia, por definición, es AMOR! ¡No un Dios de venganza, ni odio sino un Dios de amor! Escucha lo que El dice en la Biblia, “¿Puede una mujer olvidar el cuidado de su niño y no tener compasión del hijo de su seno? Aún si ella lo olvidara, yo (dice Dios) no te olvidaré. Te tengo inscripto en las palmas de mi mano”.
Dios también nos dice, “Tus muros están continuamente delante de mi”. Todas tenemos diferentes clases de muros que nos rodean cada día. Muros de pobreza, discapacidad física, temor, remordimiento y desesperación. Pero Dios nos ayuda a pasar por encima de esos muros. Nos ayuda a vivir por encima de nuestras circunstancias.

Algunas de ustedes están pensando, “Mira, tu no me conoces. No puedes imaginar lo que he hecho con mi vida. ¡No hay más esperanzas para mi!”. Tengo una amiga que trabajó mucho tiempo en las cárceles para mujeres en Brasil. Ella me cuenta: “Me recuerdo pasando por el enorme portón de hierro y atravesando una puerta tras otra las cuales iban a cerrándose detrás de mi. Acostumbraba ir allí y hablaba con ellas acerca de Dios. Muchas de éstas mujeres estaban pagando sentencias de por vida. Algunas eran jóvenes, otras ancianas. A ellas les gustaba mucho vernos allí cada semana. Les hablaba y oraba con ellas. A veces hasta cantábamos juntas.

Pero como ustedes saben, las cárceles no son lugares agradables. Donde quiera que mires, ves las marcas del mal, del crimen y del odio. Las mujeres en esa prisión tenían terribles historias para contar. Ellas habían cometido terribles actos causados por el odio, la ira, por la amargura y por la venganza.

Cuán baja y cuán degradada puede llegar a ser una mujer. El pecado estaba marcado en sus rostros. ¡No sólo estaban prisioneras detrás de los muros y de las rejas de hierro, sus corazones y sus almas estaban en prisión también!. Esto es lo que hace el pecado con cada una de nosotras. Nos aprisiona. Nos pone detrás de las barras de vergüenza, de culpa, de temor y de venganza.

Mi amiga iba a esa prisión semana tras semana para decirles a esas mujeres que podían ser libres. Sus cuerpos estaban detrás de las rejas, pero su alma podría estar libre de sus pecados. ¿Cómo puede sucedes esto? Bien, Jesucristo vino a esta tierra para pagar nuestras deudas; para borrar nuestras culpas. El autor Max Lucado, ha escrito lo siguiente: “La única manera de ser libre de la prisión del pecado es pagar la pena. En este caso la pena es la muerte. Alguien tiene que morir, tú o algún sustituto enviado del cielo. La muerte se produjo cuando Jesús murió en la cruz, tú moriste a los reclamos del pecado en tu vida. ¡Eres libre! Jesucristo tomó tu lugar. No hay necesidad de permanecer prisionera en una celda ya más. Cuando la pena es pagada, ¿por qué vivir bajo la esclavitud?

Muchas mujeres en esa prisión aceptaron este mensaje. Dieron sus vidas a Dios. Oraron pidiendo perdón por sus pecados, así que cuando ellas mueran serán libres por siempre con Dios en los cielos. Es la única manera de lograr la vida en el cielo. No es con buenas obras, no es con sacrificios, ni tampoco realizando ritos religiosos o dando mucho dinero. Sólo a través de Jesucristo quien dijo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie viene al Padre (Dios) sino a través de Mi” (Juan 14:6).

Dios dice en Isaías 49:16, “Tus muros están continuamente delante de mi”. Dios conoce todo acerca de ti. Sabe de tu pasado y tu presente y aún conoce tu futuro. Sin embargo nunca te fuerza a seguirlo y a aceptar el sacrificio de Su Hijo por ti. Debido a que El es amor, nos permite elegir el camino a seguir. Si vienes a Cristo, te arrepientes y le pides perdón, serás libre de verdad.

Querida amiga, no importa cuán trágica y horrible haya sido tu vida, o cuán difícil es tu situación ahora, nada es demasiado horroroso o pecaminoso que la gracia de Dios y Su amor no puedan perdonarte.

Algunas de las mujeres en la cárcel que han decidido recibir el amor y el perdón de Dios para sus vidas fueron cambiadas totalmente. Sus rostros fueron cambiados. Sus miradas eran otras. Aprendieron a amar a sus compañeras, a limpiar y a decorar sus celdas. Aún detrás de esos muros de cemento una nueva vida comenzó, aquellas mujeres nacieron de nuevo. Como dice la Biblia en 1ª de Corintios 5:17, “Si alguno está en Cristo, nueva criatura es, las cosas viejas pasaron he aquí todas son hechas nuevas”.

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