Dando a Dios nuestras amarguras

Cuando mi amiga me llamó por teléfono, por su voz, me di cuenta que algo estaba mal. Hacía tres años que su esposo andaba sin trabajo. El había perdido un prestigioso trabajo en una compañía donde había estado por más de veinte años. Totalmente devastado cayó en una profunda depresión y pasaba el día acostado sin hacer nada, ni tal siquiera se ocupaba de si mismo en sus necesidades básicas.

Mi amiga me dijo que comenzó a trabajar en una impresora para sostener a su familia. Ella estaba muy disgustada porque no podía entender cómo era que su esposo se había dado por vencido en la vida, se sentía herida y enojada y como que ya no quería estar más con él; y de hecho estaban durmiendo en cuartos separados hacía tiempo.
Ella dijo: “La Biblia enseña que si uno no trabaja, tampoco coma” ¡Yo no le daré más de comer, así podría ser que reaccione y haga algo por él mismo!
Te pido por favor que me ayudes, ¿Qué debo hacer?

Oré al Señor y vinieron a mi mente las palabras de un Salmo. Le dije: No puedo ayudarte pero te recomiendo que leas unas palabras de la Biblia que escribió una persona que se encontraba en gran angustia. Él escribió: “Señor, llévame a la Roca , que es más alta que yo” Esa Roca alta es Cristo Jesús, el Hijo de Dios. La Biblia nos enseña que El es la Roca de nuestra Salvación. Es nuestro Redentor, es el Único que puede capacitarnos para vivir por sobre nuestras circunstancias y dolores. Yo le aconsejé que subiera a esa roca y mirara sus problemas desde la perspectiva de Dios. Le aconsejé que esperara por un milagro de Dios. Le dije que Dios ama al no amado, al indigno, al débil y al desanimado. Su amor es incondicional. Le dije: No puedo garantizar que cambien tus circunstancias, pero el Señor puede cambiar tu corazón. El puede cambiarte a ti, dentro de tus circunstancias. El puede y lo hará, si sólo le das tu amargura, tu enojo y tu resentimiento. Le prometí que oraría por ella y le pregunté: ¿Lo harás? Hubo un profundo silencio del otro lado de la línea, y luego me contestó: “Lo pensaré”
Por meses no supe más nada de ella. Pasando el tiempo me escribió una carta.

Me contó lo siguiente: “Dios me ha librado de la agonía por mi amargura. El me ha levantado y me ha dado fe para vivir por sobre mis circunstancias”
Antes de escribirte oré a Dios para que me ayudara a amar a mi esposo con Su amor. Le confesé de mi incapacidad de dar amor a mi esposo. Le pedí que derramara de Su amor en mi corazón amargado y le prometí que llenaría las necesidades de él. Cuando me iba a la cama esa noche lo ví recostado sobre el sofá, como de costumbre. Me acerqué y le dí un beso de buenas noches. Como tú sabes no hemos estado durmiendo juntos por más de 3 años, yo simplemente no podía. Cuando lo besé, oré en mi corazón y le dije a Dios: Señor, yo no siento ningún amor por este hombre, estoy actuando en fé; por favor ayúdame a amarlo como TU lo amas. No sentí nada en absoluto, pero cuando dejé el dormitorio de mi esposo supe que hice lo correcto. Ni mi esposo, ni mis circunstancias han cambiado aún. José continúa sentado en el sofá, divorciado de la realidad. He gastado mucho dinero en médicos, tratando de encontrar la causa de su conducta, pero todo es en vano. Yo pago todas las cuentas y tomo todas las decisiones. Me ocupo de todo. La amargura y el resentimiento tratan muy a menudo de levantar su horrible cabeza y tomar dominio de mis emociones. Pero inmediatamente reacciono y me vuelvo a Jesucristo pidiendo socorro. Como tú me aconsejaste hace tiempo, corro a Jesucristo, la Roca de mi Salvación y El me salva de todo eso. Cada vez que clamo por Su ayuda la recibo. Los Salmos y las promesas de Dios me dan nuevas fuerzas. Ahora sé que Dios nunca me dejará ni me desamparará. Por alguna razón me ha permitido caminar en este valle oscuro. No entiendo el porqué pero confío en mi Dios. Puede ser que nunca vea un cambio en mis circunstancias, pero de una cosa estoy segura y es que mi corazón ha cambiado porque “todo lo puedo en Cristo que me fortalece”. Ahora me siento bien y agradecida al Señor”

Qué historia la de ésta amiga. Cada vez que la recuerdo, pienso en muchas otras mujeres que enfrentan situaciones similares. Hay lecciones que debemos aprender para saber vivir por encima de nuestras circunstancias.
Primero que todo, Susana, mi amiga, conocía y amaba a Dios. Recuerdo que le recomendé que aprendiera de memoria un verso de la Biblia, Jeremías 31:3 donde Dios dice: “Con amor eterno te he amado, por tanto te prolongué mi misericordia” El amor de Dios prolongó Su misericordia sobre ella al enviar al mundo a Su único Hijo para que muriera por nosotros en la cruz del Calvario” Mi amiga aceptó Su amor. Comprendió que necesitaba de Jesucristo y ÉL le concedió de Su poder para vivir una vida victoriosa.
En segundo lugar, ella acepto la gracia de Dios. Cuando aceptamos la gracia de Dios, aceptamos que Jesucristo nos limpia de todo pecado. La gracia de Dios nos libra de la agonía que produce en nosotros la amargura. En el libro de Hebreos cap. 12 versos 15 al 16 leemos lo siguiente: “Mirad bien, no sea que alguno deje de alcanzar la gracia de Dios, que brotando alguna raíz de amargura les estorbe, y por ella muchos sean contaminados” Susana sabía que en medio de las pruebas y el desánimo, podría descansar segura porque la gracia de Dios es suficiente para permitirle manejar cualquier situación que se le presentara .
Y así puede ser con cada una de nosotras. No es fácil resolver cosas terribles que nos sucedan, necesitamos un poder, una fortaleza interior y superior que sólo Dios puede darnos, porque Su gracia es más que suficiente

Tercero, Susana aceptó el amor de Dios y Su soberanía. Como te hemos contado, ella ya había hecho de todo para resolver el problema con su esposo. Le llevó al médico, trató de encontrar un trabajo para él, atendió las necesidades de toda su familia pero olvidó de algo muy importante, cuidar su propio corazón. Comenzó a mirar las cosas negativas, renunció a amar y olvidó que todos necesitamos de la gracia de Dios.
Susana olvidó levantar su corazón con fé delante de Dios para poder recibir de El la gracia y la fuerza para poder vivir. Sin embargo cuando quitó los ojos de sus circunstancias y dio sus amarguras y ansiedades al Señor, Dios la levantó y trajo sanidad a su alma. El amor es algo muy poderoso, porque es medicina para el alma angustiada y enferma.

Mi amiga, quiero hacerte una pregunta: ¿has estado alguna vez en la situación de Susana?, ¿estás guardando en tu corazón la amargura y el resentimiento? ¿Alguien te ha desilusionado o defraudado, tu esposo, tus hijos, tu suegra o quizás tus amigas?
Tu alma y tu corazón están enfermos, necesitas sanidad para tu vida interior. Susana estaba cegada por la amargura, no veía nada más que su dolor y pena. La amargura toma dominio de nuestra vida entera cuando no respondemos a las circunstancias difíciles desde una perspectiva bíblica. Si la amargura no es superada y perdonada, dificultará tu vida y de las personas que te rodean. Te hundirá más en vez de sanarte. La Palabra de Dios, La Biblia, tiene el remedio para los que viven amargados. A través de ella aprendemos cómo tratar con nuestras heridas y nuestras enfermedades del alma.
Hay un versículo muy interesante que nos habla acerca de la Biblia y dice así: “Porque La Palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón” (Hebreos 4:12)
Cuando permitimos que la Palabra de Dios entre a nuestra mente y la obedecemos es una medicina eficaz, que sana y restaura.
¿Quieres ser libre de amarguras? ábrele tu mente y corazón al Señor, dale la oportunidad de quitar todo lo que estorba, pídele perdón y deja que “La sangre de Cristo te limpie de todo pecado”. (1ª de Juan 1:6y7).

¡Comienza a vivir una nueva etapa en tu vida! Porque en Cristo puedes ser una nueva persona, las cosas viejas pasan y todas son hechas nuevas. Amén

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