El rol cambiante de una madre

Los años han pasado y si miro hacia atrás diría que son decenas de ellos. Sin embargo, lo recuerdo muy bien: el momento en que nació nuestro primer hijo. ¡Qué maravillosa experiencia! También recuerdo su pequeña cuna. Una y otra vez la miraba y pensaba: «Allí dormirá nuestro pequeño bebé». Y cada pequeña ropita que compraba la acariciaba con amor. Llegar a ser madre es una experiencia que puede cambiar totalmente la vida de una mujer. Seguramente va a sentir, pensar y actuar de maneras muy diferentes a lo que era cuando no tenía un hijo. Dios le dio la capacidad al ser humano de procrearse y eso es un privilegio maravilloso, poder dar vida a otro ser. Poder cuidarlo, nutrirlo y guiarlo mientras crece. Y una vez que eres madre lo eres para siempre y diremos que es una emocionante aventura.

Mi amiga Ana me relató su experiencia de ser madre. Cuando le pregunté cómo estaba, ella rápidamente me hizo una lista de dificultades que vienen por ser una nueva mamá. Me dijo: «No duermes lo suficiente, no tienes tiempo para ti, ¡y cada día una montaña de ropa para lavar!». Pero rápidamente reaccionó y me dijo: «Pero todos estos son asuntos pequeños cuando te detienes y piensas acerca del gozo que sientes por ser una mamá. Al momento solo estoy para proveer lo que mi hijo necesita. Al principio, luchaba un poco con el tema de haber perdido mi libertad para hacer las cosas que quería y me gustaban. Pero debo decirte que ahora que mi bebé tiene dos semanas de vida y estoy en este nuevo rol de la maternidad, he aprendido a ir aceptando las cosas como son, aceptar y disfrutar cada momento como se va presentando. Me gusta mirarlo como duerme y me gusta alimentarlo. Ya ha cambiado bastante. ¡Cada día es una nueva aventura!».

Me gustó lo que dijo al final: «¡Cada día es una nueva aventura!». Por cierto que sí, ella es una nueva mamá y él es su primer hijo y cada cosa que suceda será nuevo para ella, lo irá descubriendo día a día. Llegará ese momento en que el bebé mirará a su mamá y le brindará su primera sonrisa y eso va a ser hermoso. Será entonces una dulce recompensa por la cantidad de horas que pasa dedicada a su bebé.

El Salmo 127 de la Biblia nos dice: «Herencia de Dios son los hijos, cosa de estima el fruto del vientre. Como saetas en mano del valiente, así son los hijos habidos en la juventud«. Así es; tener hijos es una aventura donde cada día descubrimos algo nuevo. Y es una herencia que si sabemos administrarla, la disfrutaremos por mucho tiempo.

Carolina es otra mamá. Tiene una niña de dos años y va por el segundo hijo, que en pocos meses nacerá. Su niña está en una edad que le absorbe todo el tiempo. Siempre quiere estar con su mamá. A menudo al final del día Carolina se pregunta: «¿Qué he hecho durante todo este día? Corrí entre las plantas en el jardín, leí un libro de cuentos, le cosí la ropa a la muñeca, ayudé a cambiar los pañales de otro muñeco y canté simples canciones de rondas… parece que no hice nada». Pero pasando las semanas, al querer ayudar a la niña a tomar su leche, ella quitó la mano de su mamá y le dijo: «Yo puedo sola, ya soy grande». Entonces la mamá piensa: ¡Qué impresionante! ¡Cómo ha crecido mi niña! ¡Al fin valió la pena el tiempo invertido y no fue para tanto!

Eso significó para Carolina ser mamá: mucho trabajo constante y paciente, interminable pero maravilloso al poder observar a su preciosa niña a aprender, crecer, amar y empezar a valerse por sí misma. Esa mamá podrá recordar el duro trabajo que ha vivido para criar a su niña a los dos años, pasando noches sin dormir. Pero ella agradece la bendición de tener un buen esposo que puede turnarse por las noches para ayudar con la niña cuando su mamá estando agotada y dormida no tiene fuerzas para levantarse, y más porque está embarazada esperando al segundo bebé. Estos son años de mucha dedicación y demanda.

Quiero contarte de Silvia. Ella es madre de tres hijos. Una niña de 9, otra de 6 y el más pequeño es un varón de 3 años. A ella le gusta mucho su tarea de madre pero como puedes ver, son casi 10 años dedicados a la crianza de los tres hijos. A veces ella se pregunta qué estuvo haciendo durante estos diez años y si lo estuvo haciendo bien. ¿Cómo habrá influido en sus hijos lo que trató de hacer? Nos dijo que se siente una mujer afortunada al tener sus tres hijos, pero tiene la inquietud de saber si lo que les ha estado enseñando es lo que cada uno necesita para su propia vida, ya que cada ser humano es único y diferente. De su parte trató de hacer lo mejor por cada hijo, respetando sus propios gustos, mostrándoles respeto por sus preferencias y ambiciones para el futuro. Reconoce que algunos días ella los vive realmente bien, pero otros no tanto.

Le gusta estar en su casa, acompañar a los hijos a la escuela, hacer amistad con las otras mamás y compartir sus alegrías y temores por la crianza de los hijos y escuchar de sus experiencias como madres, aprendiendo unas de las otras. Nunca se cansa de ver jugar a sus hijos y desarrollar nuevas habilidades y le gusta ver cómo van creciendo y haciéndose más independientes. Pero se pregunta también cómo saber cuánta libertad e independencia debe permitirles y si eso les hace bien. Su hija de 6 años en especial es muy independiente y personal. Ella escoge sola las ropas que usará cada día y la madre debe reconocer que sabe hacerlo. Esta madre vive una mezcla de preocupación y esperanza, todo al mismo tiempo sabiendo que como madre es capaz de criarlos de una manera que les ayude a convertirse en hermosos adultos.

Es muy interesante escuchar las vivencias de cada madre, sus preocupaciones, sus esperanzas y anhelos por la vida de sus hijos. Y como nos contó Silvia, al compartir con las mamás cuánto se aprende de cada una, de sus éxitos y de sus fracasos para implementar o para evitar en nosotras mismas. Si bien es cierto que criar hijos lleva su tiempo y fuerzas no deja de ser una maravillosa experiencia. Como dijimos al principio «una aventura diaria», y los hijos crecen más rápido de lo que pensamos.

Hemos escuchado también el testimonio de una mamá que tiene hijos adolescentes. Se llama Jeny y sus hijos tienen 16, 14 y 12 años. Nos dijo que aún está aprendiendo a ser mamá. Siempre ha cuidado mucho de sus tres hijos y ahora le resulta muy difícil permitirles salir solos, permitirles que se equivoquen y aprendan de sus errores. La mamá es una mujer muy protectora y siempre está pendiente de que no hagan malas elecciones. El esposo le recuerda que es mejor que si se tienen que equivocar sea ahora que los tienen en casa y no después cuando las consecuencias en sus vidas podrían ser mucho peores. La mamá reconoce que ella no siempre tiene razón. Debe dejarlos ser ellos mismos con sus puntos de vista y sus gustos en la vida; no siempre van a ser como los gustos y preferencias de su mamá. Quizás pueda ser muy duro aceptarlo, especialmente cuando se trate de temas tales como creer en Dios, política, gustos en la moda y manera de vestir, amistades, novios y otros.

Esta mamá dice que lo más reconfortante es verles tomar buenas elecciones conforme a lo que han tratado de enseñarles todos estos años, y es entonces que uno se siente recompensado. Trae mucha satisfacción verles escoger el buen camino y lograr cosas buenas para sus vidas. ¿Qué otra cosa podrán esperar la mamá y el papá sino que sean felices tanto ellos como todos los que les rodean y que como personas hagan su buen aporte a la sociedad donde les ha tocado vivir? Seguramente si tienes hijos adolescentes a menudo sentirás lo mismo que Jeny. Tu temor es ver que se equivocan, pero como dice su papá, mejor que se equivoquen mientras tienen a sus padres bien cerca viviendo dentro de la misma casa con la esperanza de poder ayudarles, perdonarles y darles más consejos útiles para que vuelvan a encaminarse para bien.

Como pudiste observar en las historias que compartimos, las mamás enfrentan etapas cambiantes en sus vidas a medida que los hijos crecen, se desarrollan y cambian ellos también. Nuestra oración debe ser que esos cambios sean para bien. Criar hijos es un gran privilegio, pero ¡qué responsabilidad! Reconocemos que necesitamos la sabiduría divina para hacerlo de la mejor manera.

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