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Por Lisa Hall- Coordinadora Internacional de Oración de Mujeres de Esperanza

Si fuéramos honestas con nosotras mismas, admitiríamos que hay áreas rotas dentro de nuestras vidas que necesitan ser sanadas. A veces el quebranto es obvio para nosotras. Pero otras veces puede ser que ni nos demos cuenta hasta que sucede algo y reaccionamos frente a otra persona o circunstancia de una manera que no es común a nosotras. Lo notamos cuando el dolor de algo del pasado desencadena una respuesta negativa en nuestro presente.
Pero Dios no quiere que vivamos de esta manera- permaneciendo con nuestro quebranto. Él es nuestro sanador, que desea traernos plenitud a nuestros cuerpos, mentes, emociones y espíritus. Jesús citó Isaías 61:1 diciendo: “El Espíritu del Señor Omnipotente está sobre mí, por cuanto me ha ungido para anunciar buenas nuevas a los pobres. Me ha enviado a sanar los corazones heridos, a proclamar liberación a los cautivos y libertad a los prisioneros.” Y es el Espíritu Santo que vive en nosotros quién revela nuestras heridas y las mentiras que creemos que nos mantienen en ese lugar de dolor.
Recientemente, Dios trajo una gran sanidad a una herida profunda del corazón en una área quebrada de mi vi-da. Mientras leía un libro de discipulado que enseña sobre el tema, pedí a Dios que me muestre ambos, el quebrantamiento específico donde Él que-ría comenzar y su origen. ¡Dios oyó esa oración por sanidad!
Dos días más tarde, mientras discutía con mi compañera de trabajo acerca de un libro para mujeres en sufrimiento, le respondí de una manera inesperada por un capítulo del cual hablábamos. Le compartí cómo yo había crecido en una familia cuyos miembros luchábamos con ese mismo problema. Fue obvio que mi corazón estaba lleno de resentimiento hacia mi familia debido a la carga que ese problema había causado en mí. Muchos de mis sueños habían sido rotos o destruidos porque yo necesitaba cuidar de sus necesidades.
He luchado por décadas en mi vida cristiana con el orgullo, arrogancia y una mente crítica. Eran como adicciones. No importaba cuán a menudo me arrepentía y pedía perdón, me volvía a encontrar de forma involuntaria en ese mismo lugar cometiendo los mismos pecados.
En ese momento en que me di cuenta de mi amargura y resentimiento hacia mi familia, Dios me hizo ver que era por la raíz del orgullo, arrogancia y mente crítica en mi vida. Podría no ser “justo” que yo llevara esa carga, pero soy responsable por mi respuesta, y llegó a ser pecado cuando orgullosamente creía la mentira que yo era más fuerte y más capaz que los miembros de mi familia.
En Su misericordia, Dios profundamente me convenció de ese pecado. En oración, sinceramente llevé esos peca-dos a la cruz en arrepentimiento y le pedí a Dios que me saque de raíz esas fortalezas de mi vida. ¡Su respuesta fue darme una limpieza tal que no había tenido desde el día de mi salvación!
Cuando llegamos a Dios en confesión y arrepentimiento, Él nos limpia y nos sana y añadimos un nuevo capítulo a nuestro testimonio. Esto es algo que traemos al mundo, una historia de cómo la grande gracia de Dios ha cambia-do nuestras vidas. Alabo a Dios por los regalos de confesión, arrepentimiento y perdón – verdaderamente ellos sanan las profundas heridas de nuestro corazón y nos hacen libres para que seamos las personas que Dios quiso que seamos.

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