Mujeres en la India de hoy

La India es un Estado federal donde habitan pueblos de diversas culturas y religiones. Un 80 por ciento de la población reside en las zonas rurales y el hinduismo es la religión mayoritaria. Ha entrado en el nuevo milenio con mil millones de habitantes. Esta cifra está lejos de las previsiones que se hicieran poco después de la independencia del país en 1947 y que no pasaban de 600 millones. Los datos recogidos en el censo de 2001 revelan que faltan cincuenta millones de mujeres. La tendencia natural de que su número sea un poco mayor que el de hombres se halla invertida al haber 933 mujeres por cada 1.000 hombres. La discriminación que sufren las mujeres en todos los ámbitos de la vida y a todas las edades afecta a su propia supervivencia. Esto es lo que revelan las cifras.

Se pueden enumerar las causas de la mortalidad elevada de las mujeres, pero los procesos sociales y económicos que hay detrás son complejos e intrincados. Empezaremos diciendo que es más probable que un bebé no llegue a nacer si es una niña. El aborto es libre en la India como corresponde a una nación que necesita por todos los medios controlar el crecimiento de su población. Lo que está prohibido es realizar ecografías para determinar el sexo del feto. ¿Por qué? Muchas mujeres tienen que abortar si el feto es una niña porque una hija no podrá cuidar de sus padres cuando envejezcan, porque será la causa del empobrecimiento de la familia al tener que pagar una dote en su boda, porque será considerada un huésped en su propia casa hasta el día en que la abandone para casarse, porque el prestigio de la madre y su posición en la familia sólo se verán consolidados si el que nace es un varón, y porque sólo éste puede realizar los ritos funerarios por sus padres. Si esta niña nace no se hará fiesta para parientes y vecinos, cuando crezca recibirá menos alimentos y cuidados que sus hermanos, gastarán menos en su educación y realizará el trabajo doméstico junto con su madre.

Domesticación del carácter

El daño psicológico de crecer sabiendo que se vale menos que un varón sólo es el principio de un proceso de domesticación del carácter dentro de la sumisión y la docilidad. En una sociedad obsesionada con el matrimonio, toda joven se casa con alguien que no conoce, va a una familia extraña, en una población distinta, lejos de lo que ha sido su mundo afectivo hasta entonces y se somete a la tiranía de la suegra que una vez fue nuera en una familia extraña y que ahora tiene que adiestrar a este nuevo miembro en usos y ritos familiares. Se mira a la novia con recelo porque el equilibrio que hay que mantener en una familia extensa es muy delicado. La familia extensa consiste en varias generaciones viviendo bajo el mismo techo. Cuñados, primos, sobrinos… se pueden sentir atraídos por la novia y para evitar ese peligro la suegra tiene que cuidar en todo momento que su comportamiento sea el adecuado. Incluso el mismo esposo podría descuidar la atención a la familia si se dedica demasiado a ella. Sólo se le considerará como miembro de propio derecho cuando tenga el primer hijo… varón. Si alguna de sus hijas sufre violencia o abusos sexuales, lo que no es infrecuente, seguramente no podrá hacer nada. Una mujer casada no tiene casa a la que huir si ella misma es víctima del maltrato. Se considera que el marido tiene derecho a disciplinar a su esposa como lo considere necesario.

En cualquier momento la familia de su esposo puede necesitar más dinero para que un hermano estudie o por una enfermedad. Entonces, aunque hayan pasado años desde la ceremonia, se requerirá más dinero a la familia de la novia. Si ésta no paga, la mujer corre el riesgo de morir en la cocina abrasada, prendida con queroseno, envuelta en su sari sintético. O puede que sufra un acoso que la empuje al suicidio. Lo llaman “muertes relacionadas con la dote”. Ahora el marido se puede volver a casar y conseguir más dinero para la familia. Estos abusos también se producen en países como Pakistán y Bangladesh con los que hay una continuidad cultural y reaparecen en lugares que recibieron la diáspora india: Trinidad y Tobago, Canadá, Estados Unidos o Reino Unido por citar unos cuantos.

Hay toda una literatura y un activismo político centrados en luchar contra estos asesinatos. Cada vez que se sospecha que la muerte de una mujer no se debe a causas naturales, las asociaciones de mujeres se echan a la calle. Hay múltiples organizaciones que trabajan por acabar con la discriminación sistemática y que están presentes en foros nacionales e internacionales, en los medios de comunicación, publican libros y revistas o forman grupos de acción. Su ideología y sus estrategias de liberación son similares a las de otros grupos oprimidos. Han conseguido abrir y mantener un debate sobre la reserva de una cuota del 33 por ciento en puestos de representación política para las mujeres y entre sus logros está la ilegalización del aborto selectivo.

La India tiene una gran cultura de cuotas para proteger a las minorías. Gracias a ellas, hay mujeres que pueden acceder a ser alcaldesas (sarpanch) y preocuparse de que se construyan letrinas para todos, rompiendo la costumbre de defecar al aire libre. También se preocupan de prohibir la venta de alcohol o de mejorar las canalizaciones de agua (ya que son ellas las que diariamente deben aprovisionar a la familia) y de facilitar otros aspectos de su vida diaria.

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