Razonemos juntas

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¿No te parece maravilloso que Dios nos haya creado con un cerebro con el cual podemos pensar y tomar decisiones? Eso es justamente lo que nos hacer diferentes de los animales. Ellos se rigen por el instinto solamente, no pueden pensar y planificar como lo hacemos nosotras. Podemos aprender de otros, de las circunstancias, de nuestros aciertos y nuestros errores y por sobre todo podemos aprender de Dios. Él mismo a través de la Biblia, su palabra nos invita a razonar con Él. En Isaías Dios nos dice:

“Venid luego y estemos a cuenta”.
Isaías 1:18

Como madres sabemos muy bien que sucede cuando un bebé llega a la familia. Yo puedo pensar en mi experiencia con el primer bebé. Desde el momento que quedé embarazada todo comenzó a cambiar. Después que nació, mi bebé necesitaba mi atención todo el tiempo. De alguna forma se hacía entender cuando había que cambiarle los pañales.
Si tenía hambre o estaba enfermo con su llanto llamaba mi atención. Cuando estaba feliz su preciosa sonrisa lo demostraba.
Cuando un niño crece y aprende a hablar no tiene problemas de expresar abiertamente lo que siente, piensa o necesita. No esconde sus sentimientos. Los niños son trasparentes.

Cuando crece un poco más esto va cambiando porque comienza a pensar por si mismo y aunque aún tiene necesidades importantes y habla acerca de ellas libremente a medida que madura va a actuar diferente. Llegará el momento en que tomará sus propias decisiones.

No esperamos que un niño sepa tomar decisiones sabias. No es más que un niño y necesita la guía de sus padres o de quienes le cuidan.
Pero cuando crece su carácter comienza a formarse. Se necesita tiempo, esfuerzo y paciencia para guiarles amorosamente, enseñarle lo que es correcto y apropiado y la diferencia entre lo bueno y lo malo. Es muy importante mientras el niño crece fijarle buenos ejemplos especialmente si somos cristianos y queremos que siga el camino de Dios. La Biblia es muy clara acerca de cómo debe ser nuestro comportamiento frente a los niños. Dice así:

“Y cualquiera que haga tropezar a alguno de estos pequeños que cree en mi, mejor le fuera que se le colgase al cuello una piedra de molino de asno, y que se le hundiese en lo profundo del mar”.
Mateo 18:6

¡Que responsabilidad tenemos!

Es muy gratificante ver a nuestros hijos usar las lecciones que han aprendido mientras iban creciendo y tomando sus propias decisiones. Han llegado a ser adultos responsables y ahora pueden enseñar a sus propios hijos.
Es importante llenar la mente de los hijos pequeños de lo que es bueno y que aprendan a reconocer la diferencia entre lo que es bueno y lo malo.
Si los padres sembramos la semilla de esperanza y fe, si vivimos vidas con buenos valores morales el amor por Dios y por otros, nuestros hijos aprenderán a hacer buenas elecciones en la vida.
Pero si los niños son criados por padres agresivos, llenos de odio, en una familia que pelea mucho, que recurre al abuso y a la falta de respeto para resolver sus problemas, el hijo probablemente aprenderá a ser una persona rencorosa. Peleará con otros, les faltará el respeto y aún podrá llegar a ser un abusador siempre buscando sacar ventajas de los otros.

Como ves su manera de pensar fue formada por su punto de vista de las personas y de la vida. La Biblia habla acerca de esto, así: “Porque cual es su pensamiento en su corazón, tal es él”
¿Qué significa esto? Simplemente que aquello que ocupa nuestras mentes y cómo pensamos acerca de las personas y de las circunstancias refleja quienes somos realmente.

Es cierto que podemos esconder nuestros terribles pensamientos de odio, deshonestidad o mentiras pensando que nadie lo sabrá. Muchas personas son deshonestas y lo disimulan muy bien de modo que es difícil descubrirlas, ¿pero… sabes una cosa? Dios nos conoce y nada podemos esconder de Él.
Así lo dice la Biblia:

“Y no hay cosa creada que no sea manifiesta en su presencia, antes bien todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta”
Hebreos 4:13

Dios nos hace responsables por las cosas que permitimos que entren a nuestra mente, por eso nos advierte:

“Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón, porque de él mana la vida”
Proverbios 4:23

Pero… ¿Quién tiene un corazón perfecto? La Biblia dice:

“Engañoso es el corazón, más que todas las cosas, y perverso, ¿Quién lo conocerá?”
Jeremías 17:9

Lo cierto es que todos nacemos con una enfermedad espiritual que la Biblia llama pecado. Todos hemos pecado y estamos separados de Dios. ¿Cómo podemos vigilar o proteger nuestro corazón y estar seguras que usaremos el poder de nuestra mente para lo que es bueno, honorable y correcto?

El corazón del ser humano está enfermo. Todos estamos perdidos y todos necesitamos un sanador; un toque de Dios en nuestras vidas. La manera correcta de usar nuestra mente es dársela a Dios. Necesitamos que nuestros corazones y mentes sean restaurados o sanados por Él.
Podemos lograr esto porque Dios envió al Señor Jesucristo a dar su Vida por nosotros en la cruz. Él pagó el precio por nuestros pecados cuando murió en la cruz como lo expresara en Juan 3:16 “Porque de tal manera amó Dios al mundo que dio a su único hijo para que todo aquel que en Él crea no perezca sino tenga vida eterna”

Podemos tener nuestros pecados perdonados y un nuevo corazón, si usamos nuestras mentes, las cuales Dios nos dio, para hacer esta importante decisión. Tenemos que reconocer que somos culpables ante Dios y sólo tenemos que pedirle que limpie nuestro corazón, nuestra mente y nuestras emociones.
Eso nos permitirá usar nuevamente nuestros corazones para la honra de Dios y por el bien de otros.
Me gusta leer en la Biblia cuando Dios nos invita a razonar con Él.

“Venid luego y estemos a cuenta, si vuestros pecados fueren como la grana; como la nieve serán emblanquecidos, si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana”.
Isaías 1:18

¿Estás lista para razonar con Dios, entregarle tu mente y tu corazón? Puedes decirle: “Examíname oh Dios y conoce mi corazón, pruébame y conoce mis pensamientos y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno.” (Salmos 139: 23-24)

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