Co-paternidad con Dios

“Ella no pasará de hoy” dijo el médico a la nurse.
Mostrando interés la nurse trató de hacerse amiga de la mujer moribunda y luego de unas horas se ganó su confianza. La señora le dijo con pena: “he viajado desde una punta hasta la otra del país, parando en cada ciudad importante. En cada una de ellas visitaba dos lugares: la policía y el hospital. Sabes, mi hijo se escapó de casa y no tengo ni la menor idea donde está. He tratado de encontrarlo…”.

Los ojos de la madre mostraban un rayo de esperanza…mientras añadió: “Algún día quizás venga a este mismo hospital y si lo hace prométeme por favor, que le dirás que sus dos mejores amigos jamás se dieron por vencidos de encontrarle…”.
Inclinándose sobre la madre moribunda la nurse le susurró suavemente al oído “Dime los nombres de los dos amigos así se los podré decir a tu hijo si alguna vez lo veo”. Con voz temblorosa y sus ojos llenos de lágrimas la madre respondió: “Dile que esos dos amigos eran Dios y su madre” luego cerró los ojos y murió.

Los padres necesitamos ayuda. Siempre hemos sabido que ser padres era una tarea seria y desanimadora, pero en nuestros días ha llegado a ser un asunto de vida o muerte.
Difícilmente pase un día sin aparecer un artículo en los periódicos recordándonos de las disfunciones de la niñez y los fracasos de la paternidad.

En esta época de “sexo seguro”, violencia en los patios escolares, “verdad subjetiva” y una tendencia en los medios de comunicación de contradecir nuestros mejores esfuerzos de ser padres necesitamos de Dios más que nunca para que nos ayude en el desafío de criar a los niños saludablemente.
¿Confiamos en Él lo suficiente para que guíe nuestros esfuerzos?

Podemos enseñar toda clase de habilidades a nuestros hijos pero ninguna es comparable a lo que Dios quiere poner en sus mentes. Características como: el ser bueno, obediente, amable, sumiso, puro, respetuoso y sabio.

Dios quiere bendecir a nuestros hijos para que sean personas de valor, bondadosas y fieles que le sirven a Él y al prójimo en la sociedad en la cual viven.
Dios quiere expandir Su Reino de amor a través de nuestras familias.

Para ayudarnos a pensar cual es la clase de hijos que Dios quiere que criemos vamos a considerar algunos pasajes y pensamientos claves de la Biblia. Después de todo, nuestra meta debe ser la meta que Dios tiene para nuestros hijos.
No sabemos como usará Dios específicamente a cada niño, pero debemos prepararlo de tal manera que cualquiera sea la forma en que Dios lo use triunfe y sea de bendición para otros.
Estas tres metas las extraemos de 1 Timoteo 1:5. Leemos así “El propósito de este mandamiento es el amor nacido de corazón limpio y de buena conciencia y de fe no fingida…”

La primera meta es: Cultivar el amor con un corazón puro.
Para una madre cristiana no hay propósito más grande que sus hijos lleguen a ser como Jesús.
Él (Jesús) resumió todos los mandamientos en unas pocas palabras.
(Marcos 12:29-31) “Jesús le respondió: El primer mandamiento de todos es: Oye Israel; El Señor nuestro Dios uno es. Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente, y con todas tus fuerzas. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.
No hay otro mandamientos mayor que estos.”
¿Qué palabra se repite dos veces que nos guía en nuestra responsabilidad hacia Dios y el hombre?
Es la palabra amor. Para que nuestro amor sea aceptable, debe venir de un corazón puro.
El amor de Dios es un amor sacrificial, dio lo mejor que tenía, a su hijo, por amor a nosotros. Si nosotros le amamos entonces le obedeceremos y enseñaremos a nuestros hijos a amarle con un corazón puro.
La meta es amar al Señor y a nuestros semejantes como lo hizo Jesús.

La segunda meta es: Desarrollar una buena conciencia.

La Biblia en Proverbios 1:7-8 nos muestra una clara figura de cómo hacer para desarrollar una buena conciencia.
“El principio de la sabiduría es el temor del Señor.
Los insensatos desprecian la sabiduría y la enseñanza.
Oye hijo mío, la instrucción de tu padre y no desprecies la dirección de tu madre”.

La base de una buena conciencia es el temor de Dios.
Es conocimiento pero más que conocimiento, es la manera que percibimos a Dios. Sin este conocimiento espiritual nuestros hijos no serán capaces de ganar la sabiduría e instrucción necesaria para vivir piadosamente.

El niño tendrá buena conciencia cuando tema y respete a Dios
Una persona que teme a Dios escucha su conciencia. Con esto quiero decir que cuando él o ella hacen algo mal, la conciencia le corrige. Se siente incómodo por la culpa y piensa en las consecuencias por desobedecer a Dios. Así que los que temen a Dios actúan con sabiduría evitando ser culpables ejerciendo la obediencia al Señor.

Son los padres los que cultivan este respeto por el Señor en la vida de sus hijos. Ellos son el medio por el cual los niños captan su percepción de Dios y del mundo.
La manera en que un padre responde al Señor influenciará grandemente en la vida y actitud del hijo.
Si los padres temen al Señor el hijo les imitará y cuando aprenda a respetar a Dios esto llegará a ser la protección más grande para el niño en este mundo secularizado y perverso.

Así que mi amiga te invito a reflexionar conmigo:
¿Qué le estamos compartiendo y dejando a nuestros hijos?
¿Cómo podemos enseñarles a respetar a Dios?
¿Como madres, hemos aprendido realmente a vivir en el temor del Señor?

Ya hemos hablado de dos metas a lograr:
La primera: Cultivar el amor con un corazón puro.
Y la segunda: Desarrollar una buena conciencia.

Por lo tanto ahora hablemos de la tercera meta: Formando una fe sincera.
Los padres deben cultivar una fe sincera, genuina.
Una fe sincera en Dios produce lo que Pablo llama el fruto del Espíritu. El fruto refleja la simple pero genuina fe en Dios. Sin fe, ningún fruto sería posible.
Depende de nuestra confianza en Dios.

“Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza, contra tales cosas no hay ley” (Gálatas 5:22,23).

Aquellos que fueron criados en los caminos de Dios están confiados porque entienden cómo relacionarse correctamente con el Señor, con los demás y con la creación que les rodea.
Cuanto más aprendemos de los caminos del Señor, tanto más deseables son. Hay muchas cosas que necesitan ser aprendidas acerca de la crianza de los hijos, pero no podemos olvidar los propósitos de Dios en lo que Él puede hacer a través de los padres que tienen muchas ganas de criar a sus hijos a la manera del Señor.

La paternidad desde el punto de vista bíblico es simplemente tomar las mejores cosas y transmitírselas a nuestros preciosos hijos. Nuestras metas son altas pero alcanzables.

Como hemos leído al principio de las lecciones para el alma en 1 Timoteo 1:5.
“La meta de este mandamiento es el amor, que viene de un corazón puro y una buena conciencia y una fe sincera”.
Pero veamos también que nos dice la Biblia en 2 Timoteo 1:5:
“Trayendo a la memoria la fe no fingida que hay en ti, la cual habitó primero en tu abuela Loida y en tu madre Eunice y estoy seguro de que en ti también”.

Como puedes ver amiga, la fe genuina de la abuela fue transmitida a la madre y de la madre al hijo.
En una manera sencilla se dieron los mejores resultados.
Cultiva tu vida espiritual, ten una fe genuina en Dios y transmítela a quienes te rodean. Los resultados serán provechosos especialmente para tu familia.

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