Editorial Agosto 2007

Sé sincera contigo misma
6 agosto 2007
«¿Qué es una madre?»
22 agosto 2007

Mi querida intercesora
¡Cuánto me hubiera gustado que estuvieses allí conmigo…El gozo parecía palparse en el aire! Las canciones que entonaban eran melodías Liberianas con palabras de alabanza y gratitud: “Señor tu eres tan bueno (Aleluya)…eres bondadoso…eres tan maravilloso. Mi Dios, Tú eres magnífico….”
No pude esconder mis lágrimas.

Sabes, el gozo en sus voces aparentemente no coincidía con el apuro o tragedia que enfrentan. Una de ellas, aparentemente inconciente de su discapacidad, se mantenía aplaudiendo con sus puños, sus manos deformadas por la enfermedad. Estas mujeres pasan sus días amarradas a sus sillas de ruedas. Muchas de ellas deben mendigar para obtener el sustento. Estas hermanas, miembros de la familia de Proyecto Ana alrededor del mundo, se reúnen en la ciudad de Monrovia en Liberia. Ellas pertenecen a una organización bajo el mandato gubernamental llamado 77 que provee entrenamiento a personas discapacitadas.

Sea como fuere estas mujeres encuentran fuerza para orar por sus hermanas sufrientes en lugares lejanos acerca de los cuales nunca han oído. Mientras sostenía estas manos deformadas, pensé: “¿Qué derecho tengo yo de quejarme acerca de nada? Nunca más…”
Durante un tiempo de oración, las necesidades mencionadas fueron muchas: maridos difíciles; enfermedades, rebeldía de los hijos; problemas financieros, emocionales y físicos; segregación. Una mujer en sus jóvenes veinte años pidió a Dios que le permitiera finalizar sus estudios en la universidad.
Luego continuaron cantando gozosamente otra vez: “Todo lo que el Señor ha hecho por mi, es imposible contar. El ha hecho mucho, mucho por mí…sólo puedo decir ¡Alabado sea el Señor”!. Esos cantos de alabanzas en liberiano, subían como un eco desde lo profundo de su dolor. ¡Casi podía ver el corazón del cielo inclinarse para escuchar aquel sacrificio de alabanza!
Recordé cómo el Rey David buscó a Mefiboset y lo trajo para que comiera a su mesa con él cada día. Los pies lisiados de Mefiboset no incomodaban al poderoso Rey. Su condición no era un estorbo para alterar su posición. Aunque Mefiboset era lisiado, aún seguía siendo el hijo del Rey Saúl, y su herencia y dignidad real fueron restauradas cuando David le dió un lugar de honor a la mesa del rey.

Aquellas mujeres liberianas conocían su posición: eran hijas del REY. Yo pude ver la gloria de Dios reflejada en sus ojos. Vi la esperanza danzando en sus almas, aunque sus pies no podían sostenerlas. Oremos juntos este mes por mujeres como ellas, pero en forma especial por aquellas que aún son parias, rechazadas, heridas y sin esperanza por ser miembros discapacitados de nuestra sociedad. Puedan ser ellas también traídas a la mesa del REY.

Gracias, querida amiga.

Marli Spieker
Fundadora, Proyecto Ana.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.