Poniendo a Dios primero

En las Lecciones para la Vida hemos estado hablando acerca de cómo podríamos dejar de fumar. Queremos compartir ahora otra historia del libro de nuestra amiga Noemi titulado “Mi séptimo monzón, (My Seventh Monsoon Hemos escuchado en otra oportunidad cómo es que ella aprendió que Dios la amaba y quería que a través de ella otros supieran de Su amor. Hemos escuchado en otro programa cómo ella y su esposo habían ido a Nepal para ayudar a los pobres a mejorar sus vidas. Lo que te vamos a compartir hoy se trata de algo que sucedió en Australia, pero comienza y termina en Nepal.

Noemí escribió:  “Cuando primero fuimos a Nepal, nos hicimos una lista de las cosas que nunca haríamos. Decidimos que nunca tendríamos una mascota – es decir- ningún animal pues sería mucho gasto de dinero. Decidimos que nunca enviaríamos a nuestros hijos a un colegio privado. En último lugar pusimos que nunca haríamos grandes cambios a nuestra casa. Nos parecía que nuestros amigos en Australia pensaban demasiado en mejorar sus casas, mientras que nosotros en Nepal tratábamos de arreglar los problemas de la gente causados por la pobreza. Decidimos que no queríamos hacer cosas que insumieran mucho de nuestro tiempo, dinero y energías.

Pero, unos años más tarde  volvimos a vivir en Australia y si, estuvimos ocupados en arreglar mejor nuestra casa. En el fondo construimos un gran puente de madera. Nuestros varones estaban felices de tenerlo y podían subirlo y bajarlo con sus pequeños camiones de juguete. A mi me gustaba también, y lo subía y parada en lo alto disfrutaba de la vista alrededor. Hacía dos semanas que lo habían terminado y estábamos tan contentos,,, cuando escuchamos que un incendio se dirigía justo a donde estábamos nosotros. Siempre hay incendios en Australia en verano y ese año en especial eran muy grandes en nuestra área. Se nos dijo que tuviéramos todo pronto por si tuviésemos que salir rápido del lugar. Así que empaquetamos  las fotos, los documentos y lo más querido y necesario por si tuviéramos que partir.

En la radio anunciaban que un gran fuego se propagaba hacia nuestra casa. El cielo se puso oscuro, rojo con cenizas y humo. Hasta podíamos ver las llamas en la montaña cercana. Nuestros ojos estaban fijos en el horizonte, esperando una señal para salir del lugar con las cosas en nuestro auto. El fuego estaba pasando por la ciudad contigua. Supimos que ocho casas se habían quemado y otras estaban dañadas. Nuestros amigos habían perdido todo. Habían quedado atrapados por diez minutos hasta que lograron escapar por la puerta del frente sólo con lo que tenían puesto. Al llegar al portón vieron que toda su casa estaba en llamas.

Ellos estaban en un shock; habían estado tan cerca de la muerte pero agradecidos que estaban con vida. No podían parar de hablar de lo sucedido. El fuego había destruido  una colección de instrumentos musicales que habían juntado por treinta años. El esposo perdió sus 49 juegos de ajedrez que había coleccionado. Cecilia, la esposa perdió algunas artesanías que ella misma había hecho.

Dos años y medio más adelante, estos amigos vinieron a visitarnos a Nepal. Hablamos mucho acerca de ese tiempo en nuestras vidas. Ellos pudieron reconstruir su casa, pero perder tus posesiones te cambia la vida. A ellos les cambió. Mientras conversábamos, estábamos ocupados haciendo 19 frascos de mermelada de ciruelas y almacenándolos en un armario. Hablábamos de almacenar cosas. El esposo de mi amiga nunca más coleccionó sets de ajedrez. Cecilia tiene un extraño sentimiento en su pecho cuando hace demasiados frascos de pickles y el hijo a menudo recuerda cosas que aprendió luego de ese incendio y habla del “granero.”

Decir “granero” puede parecer una extraña palabra para usar como un recuerdo. Pero a mí me hace recordar una historia de la Biblia. Es una historia que Jesús, el Hijo de Dios contó mientras vivió en la tierra. Jesús dijo así: “ Mirad, guardaos de toda codicia, porque la vida de uno no consiste en la abundancia de los bienes que posee. Entonces Jesús les contó la siguiente parábola: “La tierra de un hombre rico había producido mucho. Y él razonaba dentro de sí, diciendo: ¿Qué haré? Porque ya no tengo donde juntar mis productos. Entonces dijo: ¡Esto haré! Derribaré mis graneros y edificaré otros más grandes. Allí juntaré todos mis granos y mis bienes  y diré a mi alma: Alma, muchos bienes tienes almacenados para muchos años. Descansa, come, bebe, alégrate. Pero Dios le dijo; ¡Necio! Esta noche vienen a pedir tu alma y lo que has provisto; ¿para quién será? Así es el que hace tesoro para sí y no es rico para con Dios. (Lucas 12: 15-21)

Este hombre rico quería guardar para sí mismo todas sus buenas cosas. No quería depender de Dios ni de nadie más. Tampoco quería compartir. Sólo le interesaba el dinero y disfrutarlo. Además esos graneros llenos no tendrían ningún valor para él al morir.

Nuestra amiga Noemí escribió en su libro: “Nos dimos cuenta que hay muchas cosas en nuestras vidas que nos distraen y nos quitan el tiempo y la atención. Queremos hacer nuestros hogares seguros y confortables y eso no está mal. Tenemos que cuidar de nuestros hogares para que sean lugares acogedores. Pero… escribió Noemí… nos dimos cuenta que lo importante son las reglas… No queríamos hacer nada ni involucrarnos en nada que nos distrajera de Dios. Queríamos gastar nuestro tiempo y energías haciendo lo que le agrada al Señor. ¡Y eso nos trajo mucho gozo al fin!

La Biblia nos da una buena regla de vida: Busca primero el Reino de Dios y Su justicia y todo lo demás vendrá como añadidura.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.