Dando nuestras heridas a Dios

«Desde el extremo de la tierra clamaré a Ti oh Dios, cuando mi corazón desmaye. Llévame a la roca que es más alta que yo».
Salmo 61:2

 

Algunas cosas que pasan en nuestras vidas nos dañan y abruman nuestro corazón. Afectan nuestros sentimientos y si perduran en el tiempo pueden enfermarnos físicamente. La amargura que nos provocan ciertos acontecimientos en nuestra vida, puede también provocarnos problemas espirituales, desánimo y depresión. ¿Podemos encontrar aliento desde la Palabra de Dios? ¿Podemos echar nuestras amarguras y resentimientos lejos de nosotras para vivir en victoria?

“Susana llamó un día por teléfono. Por el tono de su voz me di cuenta de que algo no estaba bien. Su esposo Joel había perdido su trabajo en una compañía donde había trabajado por más de 20 años. Estaba totalmente devastado y cayó en una profunda depresión. Por tres largos años todo lo que hizo fue estar tirado sobre su cama haciendo nada. Susana me dijo que estaba muy enojada y no podía comprender cómo su esposo se había dado por vencido frente a la vida. Mi amiga estaba muy dolorida y muy enojada. Encontró un trabajo que ella podía hacer desde su hogar para una imprenta para ganar algún dinero y poder sostener a su familia. Se sentía cada vez más amargada por su esposo y creyó que no podría seguir más con él. Dormían en cuartos separados desde hacía tiempo. Recordó: ‘La Biblia dice que si una persona no trabaja, tampoco debe comer. ¡Así que yo pensé no darle más comida para ver si se levantaba y empezaba a hacer algo!?».

Susana me había llamado para pedirme un consejo. ¿Qué debería hacer con su esposo?

Me pregunté qué debería decirle. Oré y pedí a Dios que me diera una respuesta sabia. ¿Cómo podría animarla? Le dije: «¡Cómo desearía hacer algo para cambiar toda tu vida ahora mismo, pero no puedo». Como sabía que Susana creía en Jesús, le recordé algunas palabras de la Biblia. Le leí por teléfono el Salmo 61:2: “Desde el extremo de la tierra clamaré a Ti oh Dios, cuando mi corazón desmaye. Llévame a la roca que es más alta que yo”. Le subrayé las palabras: “Llévame a la roca que es más alta que yo”. David estaba buscando un lugar donde pudiera encontrar protección y paz confiando en Dios, Su roca. Luego dije a Susana: “Amiga, tú sabes muy bien, que Jesucristo, el Hijo de Dios es esa Roca. La Biblia dice que Jesús es nuestra Roca de Salvación. Él es nuestro Redentor. Es el único que puede hacernos lo suficientemente fuertes para vivir por encima de nuestras penas y dolores. Aamiga, quiero que hagas lo siguiente: trepa a esta Roca y desde allí mira los problemas con los ojos de Dios. Ya verás que el amor de Dios es incondicional, Él ama a tu esposo. No te garantizo que tus circunstancias cambien, pero Jesús, la Roca, puede cambiar tu corazón. Jesús puede cambiarte si solo le das tus amargos sentimientos, tu enojo y tu resentimiento. Amiga, ¿lo harás? Yo oraré por ti”.

Hubo un silencio del otro lado del teléfono. Luego ella dijo “lo pensaré” y no supe más nada por meses después de esa llamada.

¿Y qué acerca de nuestras oyentes? ¿Te ha tocado estar en alguna situación como la de Susana? ¿Guardas rencor o algún resentimiento en tú corazón? Susana estaba enceguecida por la amargura. No veía otra cosa que su propio dolor.

Pasando unos meses Susana me escribió una carta y quiero compartir parte de ella contigo. Ella escribió: “Dios me libró de la agonía de la amargura. Él me ha levantado y me ha dado fe para vivir por encima de mis circunstancias. Quiero compartir contigo y con tus amigas esto que me ha pasado. Después de que hablamos ese día, meses atrás, yo oré a Dios y le pedí que me ayudara a amar a mi esposo con el amor de Dios. Le dije a Dios que no tenía nada de amor para darle a mi esposo. Tenía demasiadas heridas y desilusiones. Pedí que Dios derramara Su amor sobre mi corazón. Prometí a Dios que llenaría las necesidades de mi esposo como una esposa debería hacerlo. Esa noche, cuando me iba a mi cama, lo vi como siempre tirado sobre su lecho en el otro cuarto. Me acerqué y le di un beso de buenas noches. Como sabes, no hemos dormido juntos por más de tres años ya. Yo sola no puedo. Mientras lo besaba le dije a Dios: ‘Por favor, ayúdame a amarlo de la manera que tú lo amas’. Mi corazón estaba tan frío como una piedra, no sentía nada en absoluto, pero cuando dejé el cuarto supe que había hecho lo correcto.

Sin embargo, ni mi esposo ni mis circunstancias han cambiado; Joel continúa tirado en su colchón sin relacionarse con la familia. He gastado mucho dinero en doctores tratando de encontrar la manera de ayudarlo. Me he ocupado de pagar todas las cuentas y de tomar las decisiones. A veces he comenzado a sentirme amargada y resentida. Pero enseguida pienso y me vuelvo a Jesús, la Roca de mi Salvación y Él me salva de todas las cosas. Cada vez que pido de Su ayuda, la recibo. Las promesas de Dios me dan fuerza. Sé que Dios nunca me dejará o rechazará. Por alguna razón me ha permitido caminar por este valle oscuro. Pero Dios sabe todo y yo confío en él. Quizás nunca vea un cambio grande en Joel, pero sé una cosa: mi corazón ha cambiado y Dios me ha dado gozo en este viaje por la vida. La Palabra de Dios me dice: ‘Todo lo puedo en Cristo que me da fuerzas’ (Filipenses 4:13). Cada día agradezco por Su ayuda. Dios está a mi lado y me da nuevas fuerzas cada día para hacer las cosas y atender a mi esposo. Está progresando en su salud y buscando un nuevo trabajo. El Señor ha cambiado mi lamento en alegría, mi amargura y resentimiento en victoria”.

Susana ha aprendido a vivir por encima de sus circunstancias porque ella ha aprendido a confiar en Dios.

 

Querida amiga, mi oración por ti es que le des todas tus amarguras y dolores al Señor y creas en Jesucristo como la Roca de tu Salvación.

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