Encontrando a Dios en las profundidades

La adicción: un espiral en caída
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En el artículo contiguo titulado «La adicción: un espiral en caída«, te hemos contado acerca de una amiga que fue atrapada en el alcohol, la marihuana, la cocaína y otras drogas. Te hemos contado acerca de sus sufrimientos desde la niñez y cómo ha estado viviendo una vida de apariencias escondida detrás de una máscara. Diana creía la mentira de que sería una adicta toda su vida, que no habría forma de librarse de esas ataduras; hasta que un día aceptó la verdad y aprendió que la verdad la haría libre (Juan 8:32). Libre para vivir de la manera en que fue creada para vivir: no como una víctima, una adicta, una alcohólica, sino como una victoriosa mujer de Dios.

Diana dio a luz a su segundo hijo, un varón y a las siete semanas él se enfermó mucho. Una noche dejó de respirar y ellos corrieron al hospital con el bebé. Los doctores lo pusieron en una tienda de oxígeno y le dijeron a Diana y a su esposo que estaba grave. Su tos progresivamente se ponía peor y se ahogaba. Fue diagnosticado con neumonía y tos convulsa. Diana comprendió que estaba frente a algo muy serio.

Ella había perdido anteriormente dos embarazos y no podía soportar el pensar que perdería otro hijo. Diana había pasado por una cesárea cuando tuvo el bebé y su cuerpo estaba reaccionando al síndrome de abstinencia del tabaco, el alcohol y las drogas. Normalmente ella llenaba su vida con esas cosas para evitar luchar con la dolorosa realidad de su vida. Ella escribió que no era una adicta “típica”: ¡Tenía una familia que la amaba y una exitosa carrera!

Una noche, cuando Diana se sintió completamente exhausta, el doctor les dijo que Alex, su hijo, quizás no pasara la noche. Les dijo que los bebés de su edad por lo general no sobrevivían con esa condición. Para la mamá fue una terrible noticia. ¿Sería cierto? Ella tenía mil preguntas y ninguna respuesta. Ya habían pasado dos meses acompañando a su bebé en el hospital. Una vez más Diana estaba de pie junto a la tienda de oxígeno mirando a su hijo y tocando la pequeña manito a través del guante de plástico. Su pequeño pecho subía y bajaba luchando para respirar. Se le veía muy pequeño e indefenso entre todas esas máquinas. El personal médico hizo todo lo que pudo para atenderlo. La mamá no sabía a quién más recurrir. No tenía control sobre esa situación.

Diana tenía muchos deseos de ir hasta su casa y estar un tiempo con su hija Jacqui de tres años de edad, que hacía dos meses no veía. ¿Pero qué si al salir del hospital su bebé moría y ella no estaba allí? Nunca se lo perdonaría. Su mente daba vueltas con pensamientos, sin esperanza, recuerdos de su propia niñez abusada. Finalmente todo se puso muy difícil. Allí en el hospital, Diana cayó de rodillas al piso y clamó a un Dios que aún no conocía, pero que sabía que existía y que en algún lugar debía estar. Ella estaba segura de que eso debía ser un castigo por todos los años de rebeldía abusando del alcohol, las drogas, haciéndose abortos y viviendo sin control.

Allí de rodillas en el piso del hospital y clamando a Dios Diana dijo: «¿Oh Dios puedes oírme? Si eres real, toma la vida de Alex y toma mi vida también. ¡No quiero seguir así, no sirvo para ser una madre! No lo soporto más. Por favor, perdóname«.

Diana comenzó a gemir desde lo profundo de su corazón. Se sentía hundida en lo profundo de un pozo, estaba muy mal, solo quería morir. Ella siguió hablando con Dios pensando que Él la estaba escuchando. Tirada allí en el piso del hospital las lágrimas bañaban su rostro y sintió de pronto que una increíble paz vino sobre ella. Diana dijo: «Parecía como que una sábana me cubría- una extraña interrupción en medio de tanto dolor, algo que nunca experimenté antes«. Repentinamente toda su pena la abandonó y ella supo que Alex también estaría bien. Allí acurrucada en un rincón del piso con esa sensación de la sábana que la cubría se durmió como hacía dos meses no lo hacía.

Temprano la siguiente mañana, Diana se despertó y escuchó a los médicos y enfermeras en el cuarto del hospital. Miraban la última placa de rayos X que habían hecho a Alex; se sentían confundidos y no podían creer lo que veían al comparar las placas anteriores. Se preguntaban si no habían confundido las placas. Mostraba que la neumonía se había ido. Otros doctores se acercaron para dar su opinión. Una nurse muy amable la miró y le dijo: «¡Alabado sea el Señor, alabado sea el Señor! ¡Jesús ha sanado a tu hijo!«. Diana se preguntaba si era un sueño o un milagro, si realmente Dios había escuchado su llanto y había sanado a su hijo. ¿Y qué era esa sensación de paz que la hizo dormir y descansar profundamente? Tres días después Alex y su mamá abandonaron el hospital. Diana reflexionó mucho sobre ese momento de oración y de paz especial que experimentó en su vida. Aceptó que la sanidad de Alex fue un milagro maravilloso de Dios.

Y tú mi querida amiga, ¿has pasado momentos en tu vida donde sentiste que todo estaba en tu contra, qué todo estaba mal y querías darte por vencida porque la tormenta parecía demasiado fuerte? ¿Te pareció que nunca sortearías tus circunstancias tan difíciles? Si es así te animo que no te des por vencida. Hay un Dios que te ama y te ama mucho. Tanto que envió a su propio Hijo Jesús quien murió en la cruz, dio su vida por nosotras siendo puro y santo para que nosotras tengamos vida eterna con Él.

Dios nos creó a ti y a mí para que vivamos una vida plena y gozosa. Permitamos que Él guíe nuestra vida. Todo lo que debes hacer es pedirle perdón a Dios por querer vivir a tu propia manera, y aceptar sus planes para tu vida. Quizás tus problemas no se resuelvan en un abrir y cerrar de ojos pero Dios te dará paz a tu corazón y su fortaleza para ayudarte en todas tus circunstancias.

«Claman los justos, y el Señor oye, y los libra de todas sus angustias. Cerca está el Señor a los quebrantados de corazón y salva a los contritos de espíritu.
Muchas son las aflicciones del justo, pero de todas ellas le librará el Señor» 
Salmo 34:17-19

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