La adicción: un espiral en caída

Las manos
17 julio 2020
Encontrando a Dios en las profundidades
17 julio 2020

Una persona puede ser adicta a muchas diferentes cosas: a la comida, a la pornografía, al alcohol, a las drogas…Nos preguntamos: ¿qué es una adicción? Podemos responder con seguridad que es una dependencia que esclaviza y destruye. Si tienes una amiga o un familiar que ha caído en una adicción ya sabrás que no es fácil ayudarle a salir de esa situación, justamente porque es una situación atrapante que te ata. Las personas caen en las adicciones cuando buscan estímulo, alegría, bienestar, olvidar penas y dolores.

Eso es lo que en apariencia nos dan las adicciones: placer, alegría, control sobre nuestras situaciones, poder para controlar nuestras inhibiciones. Y aunque pensamos que tenemos todo bajo control sucede lo contrario: la adicción nos controla a nosotras y nos convierte en esclavas de nuestros propios deseos y nos conduce a la destrucción. Lo que en un principio pensábamos que nos traería placer y calma termina de alguna manera multiplicando nuestro dolor y metiéndonos en un pozo del cual no podremos salir solas. La persona comienza a perder el gusto por vivir. Ya no le importa ni dar ni recibir amor. Se pone insensible y no se da cuenta del daño y sufrimiento que provoca en sus seres queridos. Cualquier adicción nos conduce al fin a la esclavitud y destrucción de nosotras mismas, nos domina y nos obliga hacer cosas que si estuviéramos en control nunca haríamos. Muchas veces los malos amigos, los ambientes donde nos movemos, la curiosidad por probar algo desconocido, las presiones de la sociedad, nos hacen caer en un túnel oscuro y sin salida. Muchas veces cuando eres adolescente y sin experiencia en la vida no sabes decir no para rechazar cosas que no van a ser buenas y así caes en el engaño de personas malvadas que no les importa tu vida en absoluto sino satisfacer sus propias pasiones.

Diana, una hermosa mujer nos ha contado un poco acerca de su vida pasada. Sus padres fueron inmigrantes italianos y vinieron a vivir a América como tantos inmigrantes buscando mejorar su economía. Su familia era muy alegre y sociable; siempre tenían visitas en casa. Les gustaba armar reuniones con amigos, comer juntos y disfrutar de música alegre, haciendo mucho ruido. Cualquiera que conociera a Diana podría decir que llevaba una buena vida; tenía una casa grande y un lindo vecindario. Pero en medio de toda esa “felicidad”, Diana guardaba un terrible secreto. Había sido abusada sexualmente la mayor parte de su niñez por el mejor amigo de su padre. Ese amigo de su padre comenzó a abusar de ella mientras la niña cursaba la escuela primaria, y lo hizo hasta sus 14 años, cuando la familia se mudó de una ciudad a otra y dejaron de ver a ese amigo.

Cuando Diana pasó su adolescencia y llegó a ser una mujer adulta mantenía muy guardado ese “secreto”. Ella lo guardaba detrás de una máscara aparentando que todo estaba muy bien en su vida. Trató de entumecer el dolor, la vergüenza y la culpa con el alcohol. Mientras el tiempo iba pasando ella añadía aun más dolor: tuvo varios abortos y se fue apartando de amigos y familia. El alcohol no le calmaba lo suficiente por tanto comenzó a añadir algo más para lograrlo. Al cumplir sus 15 años fumó su primer cigarrillo de marihuana; se sintió como volando en las alturas y pensó: “Esto sí que es grande, realmente todo está muy bien”. Pero pasando el tiempo eso fue perdiendo efecto y la realidad golpeó duro. Sus circunstancias no cambiaron, nada fue diferente.

Diana nos dijo: «Realmente me sentí peor que antes. Seguí usando drogas. Subía y bajaba sintiéndome imponente y sintiéndome horrible. Caminando cada día, pretendiendo que todo está bien, escondiéndome detrás de mi máscara, yendo a trabajar y haciendo todo lo que tenía que hacer. Mientras fueron pasando los años, fui cambiando las drogas, todas las que conocía. Mi vida era una locura entre subidas y bajadas, así continué«.

Diana buscaba amor en todos los lugares equivocados. Iba de un muchacho a otro esperando que alguno la amara y la tratara correctamente. Pero nunca funcionó de esa manera. Ella tuvo una tras otra, relaciones incorrectas, esperando que ese podría ser el hombre de su vida y que llenaría el “vacío” en el interior de su corazón. Mientras todo esto iba sucediendo, Diana era vista como una mujer “exitosa”. Trabajaba seis días a la semana y hacía buen dinero. Pero la mayoría de las personas no sabía que un compañero de trabajo era traficante de drogas. Él le proveía toda la cocaína que ella quería para mantenerse “funcionando”. Los que la miraban la veían como una “exitosa mujer de negocios” porque esa era la máscara que ella usaba muy bien. No veían a la Diana real, que debajo de sus limpias ropas de empresaria lloraba por ayuda. Como tenía una buena reputación y una familia que la amaba no quería defraudarles, por tanto se escondía detrás de su máscara.

Diana ha dicho: «Yo estaba atrapada en ese ciclo vicioso de adicción y no sabía cómo salir. Anhelaba encontrar a alguien que me rescatara. Necesitaba un héroe, alguien que me notara, que me viera y supiera lo que realmente estaba pasando en mi vida. Alguien que viniera en mi rescate y me dijera: Hay esperanza, hay una mejor manera«.

¿Dónde podría encontrar Diana a ese héroe? Escuchó a alguien decir: “Adicto una vez, adicto por siempre.” ¿Qué de cierto tienen estas palabras? Diana dijo que no se daba cuenta cómo esas simples palabras estaban formando su identidad, lo que ella creía de sí misma, la persona que era. Y como creía eso, continuaba en ese modo de vida.

Tu identidad amiga, la manera que te ves a ti misma, es una parte importante de quién eres y cómo vives tu vida. Si crees que eres una adicta, entonces continuarás luchando con las adicciones. Puedes dejar de usar drogas y cambiar, pero desde el mismo centro de tu vida interior tu mente te va a decir una y otra vez que eres una adicta. Y si eres una adicta, no podrás hacer mucho para cambiar.

Pero hoy quiero decirte que hay algo que puede ayudarte a cambiar tu manera de pensar: la Palabra de Dios, la Biblia, dice que Dios tiene «planes para prosperarte y no para dañarte» (Jeremías 29:11). Si crees esto, que Dios te creó una persona con un propósito, entonces tu identidad cambia porque sabes y aceptas que fuiste creada y amada por Dios para bien. De ese modo puedes trabajar en tu vida quitándote toda etiqueta que otros pretenden colocar sobre ti. O etiquetas que tú misma te colocas sobre tu vida como lo hizo Diana cuando decía “soy una adicta y nada puedo hacer acerca de eso”. La diferencia está en que puedes decir de ti misma: “No soy una víctima o una adicta o una inútil”. Esas palabras pueden describir la manera en la que estás actuando pero no describen quién eres. Debes saber y tener claro que eres un ser humano, creado a la imagen de Dios. Que Él te valora y te ama no importa lo que has hecho o lo que te ha sucedido.

¿Te has puesto alguna etiqueta de quién crees que eres? Quizás te dices inútil, temerosa, perezosa, desgraciada. ¿Puedes notar cómo esas etiquetas que te has puesto han afectado tu vida y tu manera de actuar? Por mucho tiempo Diana creyó la mentira de que ella sería una adicta toda su vida. Que no habría quién pudiera ayudarla. Que no habría quién pudiera hacerla libre de esa esclavitud. Sin embargo, Diana encontró una salida; sobre ella te contaremos en el artículo contiguo titulado «Encontrando a Dios en las profundidades«.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.