¿Qué es la Iglesia?

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En el artículo titulado «La comunidad» hemos estado hablando acerca de nuestro barrio y cómo podemos ayudar para que sea un lugar agradable en el que dé gusto vivir allí. Vimos que todas somos responsables para lograr una buena comunidad. Ahora queremos pensar acerca de una comunidad muy especial: la Iglesia. ¿Qué es una iglesia? ¿Qué figura se te presenta en tu mente cuando escuchas la palabra “iglesia”? A menudo las personas piensan que una iglesia es un edificio. ¿Hay algún edificio de iglesia allí donde vives? ¿Puedes describir cómo es esa construcción que te lleva a pensar en una iglesia? Pero ¿sabes que en realidad una iglesia son personas?

La iglesia de Jesucristo está hecha de creyentes de todo el mundo; personas que creen en Jesucristo como su Señor y Salvador. Estas personas pueden ir a un edificio al que llamamos iglesia, pero “la iglesia” realmente son los seguidores de Jesús que asisten al edificio de “la iglesia”. Hay muchas personas alrededor del mundo que pertenecen a Jesús que no pueden reunirse con otros para adorar porque en esos lugares está prohibido por las autoridades de los gobiernos, pero ellos pertenecen a “la Iglesia” también. Así que no tienes que reunirte en un edificio llamado iglesia para ser parte de la iglesia de Jesucristo.

¿Por qué entonces los cristianos que son seguidores de Jesucristo se reúnen? Ellos adoran juntos a Dios y aprenden más acerca de Él estudiando la Biblia. Oran unos por otros. Los cristianos no son personas perfectas; pecan y cometen errores, así que a veces necesitan pedir a Dios y a otras personas que los perdonen. La Biblia nos dice que es importante que los cristianos se reúnan. Cuando hacen esto se animan unos a otros en la fe y son bendecidos.

No todas las personas que siguen y creen en Jesús se reúnen de la misma manera. Hay muchas tradiciones y maneras diferentes de reunirse, pero todas son para ayudarnos a adorar a Dios a través de Jesús. Las iglesias tienen algunos sacramentos y prácticas que guardan a lo largo de su historia. El bautismo es uno de ellos, donde la persona muestra en público que ha llegado a ser una seguidora de Jesús. En cada iglesia se recuerda la muerte del Señor Jesucristo por el acto llamado “la Cena del Señor” o “el servicio de la comunión”, partiendo y comiendo un trozo de pan y bebiendo una copa de jugo de uva o vino. El pan y el vino nos recuerdan que el cuerpo de Jesús fue roto por nosotros y su sangre fue derramada cuando Él murió en la cruz. La comunión es una palabra similar a «comunidad» de la cual ya hemos hablado. Comunión significa compartir juntos algo que es muy importante para nosotros. Se espera que en el servicio de la comunión nos acerquemos más a Dios, pero también unos a otros, y eso muestra que estamos unidas en una misma fe.

Al creer en Jesucristo pasamos a formar parte de esta comunidad cristiana porque Jesús lo hace posible. Él nos une como un solo pueblo no importa a qué raza o pueblo pertenezcamos. La Biblia claramente nos dice lo que Dios piensa acerca de esto. Leemos en Gálatas capítulo 3 lo siguiente: “Todos ustedes son hijos de Dios, mediante la fe en Cristo Jesús, porque todos los que han sido bautizados en Cristo, se han revestido de Cristo. Ya no hay judío ni griego, esclavo ni libre, hombre ni mujer, sino que todos ustedes son uno solo en Cristo Jesús. Y si ustedes pertenecen a Cristo, esto muestra que los cristianos no deberían tener ninguna discriminación racial o clases. Somos todos iguales a la vista de Dios” (Gálatas 3:26-28).

Hay una historia verdadera en la Biblia que nos aclara sobre este tema. Sucedió no mucho después de que Jesús regresó a los Cielos, y en ese tiempo todos los seguidores de Jesús eran de la raza judía. Los judíos iban a las sinagogas para adorar a Dios y aprender acerca de Él. Ellos no permitían que los no judíos a los que decían «gentiles» entraran a las sinagogas a reunirse con ellos, porque para ellos eran personas impuras. Pero fue el plan de Dios que las personas de todas las razas, personas como nosotros, pudieran también sentirse libres de adorar a Dios y pertenecer a su familia.

En el libro de los Hechos de los Apóstoles en los capítulos 10 y 11, se nos narra una maravillosa historia en la que Cornelio, un soldado romano que trabajaba en Israel, llegó a conocer a Dios. Él era un hombre muy espiritual y adoraba al Dios verdadero que hizo los cielos y la tierra. También era muy piadoso y ayudaba a los judíos pobres. Oraba a Dios y deseaba de corazón aprender más acerca de Él. Un día Cornelio recibió una visión de un ángel que le indicó que mandara a buscar a Pedro, un hombre judío que se encontraba en la ciudad de Jope, para que le enseñara más acerca de cómo llegar a encontrarse con Jesucristo para que fuera su Salvador también.

Nos dice la Biblia que Pedro, que era un seguidor cercano de Jesús y un líder de los creyentes, había ido a visitar a un amigo en la ciudad de Jope. Pero Pedro era muy celoso con su raza y su religión, y no aceptaba que los que no eran judíos formaran parte de la iglesia de esos días. Dios le habló de una manera especial para enseñarle que no debía despreciar a nadie. Cuando llegaron los ayudantes de Cornelio, le relataron a Pedro su visión y le pidieron que fuera con ellos para hablar acerca de sus inquietudes espirituales. Pedro fue a la casa del soldado romano y le enseñó las verdades de Dios. Cornelio creyó en Jesucristo como su Salvador y fue lleno del Espíritu Santo de Dios. Inmediatamente fue bautizado y pidió a Pedro que se quedara algunos días en su casa. Pedro aprendió una gran lección ese día. Él dijo: «Ahora comprendo que en realidad para Dios no hay favoritismos, sino que en toda nación, Él ve con agrado a los que le temen y actúan con justicia«. Después de eso Pedro regresó a Jerusalén y contó a los creyentes todo lo sucedido y dijo: «¡Dios también ha dado a los gentiles la oportunidad de arrepentirse y vivir!«.

Estas personas formaron la primera iglesia cristiana con los judíos y los gentiles. En esos días se levantó una gran persecución y los cristianos fueron esparcidos por todas partes del mundo de ese tiempo. Los cristianos no se callaron sino que compartieron el Evangelio de Jesucristo a toda nación y pueblo por donde iban porque sabían que Dios quería que las personas de todos los pueblos formaran parte de su Iglesia. Ese fue el deseo que Jesús expresó a sus discípulos después de haber resucitado de los muertos. Él dijo: «Vayan y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándoles en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo y enséñenles a obedecer todo lo que les he mandado a ustedes. Y les aseguro que estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo» (Mateo 28: 19-20).

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