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Compartimos contigo uno de los programas especiales por el mes de la mujer.
En esta oportunidad escucharemos la historia de Ana, una mujer que vivió su vida con mucho sufrimiento y vergüenza, pero que se mantuvo fuerte en el Señor y logró terminar su historia de forma feliz.
¡Aprendamos juntas de la vida de Ana!
Referencia: Jeremías 29:11
«Porque yo sé muy bien los planes que tengo para ustedes; planes de bienestar y no de calamidad, a fin de darles un futuro y una esperanza.»
Léenos:
Hoy queremos contarte acerca de una verdadera historia que sucedió años atrás y la encontramos relatada en La Biblia – La Palabra de Dios. Se trata de una mujer que sufrió terribles desilusiones y penas. Tuvo que enfrentar el desprecio y la burla de otra mujer y sola batallar para salir adelante.
Queremos decirte que es una de esas historias que resultan favoritas para muchas mujeres a lo largo de los tiempos porque a pesar de profundas desilusiones, sufrimientos y dolor por lo que ella pasó, terminó de una manera maravillosa y feliz. Podrías decir que se parece a una novela, pero no es así, sino una historia plenamente real. Si permaneces con nosotras durante esta media hora comprobarás lo que queremos decirte.
Hoy día las mujeres luchan por sus derechos y un lugar merecido en la sociedad. Marzo se ha constituido en el mes de la mujer.
En muchas partes del mundo hay reclamos y marchas con este propósito.
¡Y celebraciones por el Día de la Mujer!
Eso es muy cierto; Hay celebraciones y también reclamos porque queremos vivir mejor. Para nosotras, las mujeres cristianas, la Biblia tiene palabras que nos animan a no desesperar. En Jeremías 29:11 Dios nos dice:
« Porque yo sé muy bien los planes que tengo para ustedes; planes de bienestar y no de calamidad, a fin de darles un futuro y una esperanza. »
Preciosas promesas que si las crees te ayudan a seguir adelante no importa lo que estés enfrentando.
Seguramente habrás enfrentado desilusiones o estás enfrentando dolores y sufrimientos por tanto podrás comprender lo que vivió Ana.
La vida en este mundo no es fácil para nosotras las mujeres. Mucho trabajo, muchas preocupaciones, ocuparnos de la casa y aún salir a ganar algún dinero para ayudar y cuidar de la familia.
Ana, nuestra protagonista de la historia de hoy vivió en una época diferente a la nuestra.
Lo que sucedió con Ana tuvo lugar en la región montañosa de Israel donde vivía Elcana con sus dos esposas como era costumbre en aquel tiempo. Sus nombres eran Ana y Penina. Penina tenía hijos y Ana no los tenía (1ª. Samuel 1). No tener hijos era una terrible afrenta para la mujer en esa época, como si no sirviera para nada.
Por costumbre las familias judías subían cada año a Silo un lugar para adorar a Dios por las bendiciones recibidas y por las cosechas que recogían cada año ya que no tenían un templo donde reunirse. Y así lo hacía Elcana con sus dos mujeres y los hijos de Penina.
Llevaban sus ofrendas y sacrificios para ofrecer a Dios en ese lugar y disfrutar un tiempo en familia. Nos dice la historia que Elcana servía porciones de carne a Penina y a sus hijos pero daba una porción escogida a Ana porque la amaba, aunque el Señor no le había dado hijos.
Penina molestaba a Ana y se burlaba de ella porque Dios no le había dado hijos. Año tras año sucedía lo mismo entre estas dos mujeres que Ana llegó al punto de llorar y no querer comer.
Su esposo no podía comprender tanta tristeza y le decía: “Ana, ¿por qué lloras?, ¿Por qué no comes? ¡Se te ve tan triste! ¿No soy para ti mejor que 10 hijos? «
Un día cuando terminaron de comer y beber en el festival anual, Ana se levantó y fue al lugar de adoración. Allí estaba el sacerdote Elí sentado al lado de la puerta del lugar de adoración. Mientras oraba, Ana lloraba amargamente. Ella hizo una promesa a Dios y dijo: “Oh Señor que gobiernas sobre todo, sólo soy tu sierva. Si te dignas mirar mi aflicción y mi dolor y respondes a mi oración y me das un hijo varón, entonces yo lo dedicaré a ti por todos los días de su vida. Será tuyo toda su vida.”
Ana oraba en su corazón y no emitía ningún sonido mientras movía sus labios. El sacerdote que la estaba observando, pensó que Ana estaba ebria y le preguntó: «¿Hasta cuándo vas a estar ebria? ¡Aparta de ti el vino!» Entonces Ana le respondió: “No señor mío, yo estoy profundamente atribulada. No estoy ebria sino que estoy contando al Señor todas mis angustias. No piense de mí como si fuere una mala mujer. Es por mi gran congoja y por mi aflicción que he hablado y orado hasta ahora en este lugar.«
El sacerdote le respondió: “Ve en paz, y que el Dios de los cielos te conceda la petición que le has hecho.”
Ella dijo: “Oh ¡muchas gracias Señor! Ella se fue y comió algo y ya no estuvo más triste.”
¡Qué maravillosa esta historia! ¡Y qué oración de fe elevó a Dios!
Dice que fue, comió y ya no estuvo más triste. Realmente es un ejemplo para todas nosotras.
Temprano en la siguiente mañana, Elcana y su familia regresaron a su hogar. ¡Dios no se olvidó de Ana y respondió a su oración y Ana quedó embarazada!
Pasando los nueve meses nació el bebé al cual llamó Samuel que significa, “Yo lo pedí al Señor.”
Samuel creció y cuando ya no necesitó a su mamá para alimentarse, ella lo llevó al lugar de adoración para que ayudara al sacerdote Elí como le había prometido al Señor. Allí quedó Samuel para ayudar en los quehaceres de la casa de adoración.
Pensemos por un momento; ¿Cómo se sentiría Ana al tener que desprenderse de su pequeño hijo? ¿Cómo te sentirías tú si tuvieras un hijo de 3 o 4 años dejándolo en un lugar extraño? Pero Ana había hecho una promesa a Dios, así que ella la mantuvo… no importando cómo se sintiera.
En vez de tener lástima de sí misma, Ana oró una larga y hermosa oración.
Ella dijo: “El Señor ha llenado mi corazón con gozo. Me ha hecho fuerte y puedo reírme ante mis enemigos. Estoy tan contenta que me ha salvado. No hay Santo como el Señor.” Él hace empobrecer y hace enriquecer. Él humilla y enaltece. Él levanta del polvo al pobre.
Y al necesitado enaltece desde la basura, para hacerle sentar con los nobles y hacerle poseer un lugar de honor.
El Señor protege a sus fieles, pero los malos perecen en las tinieblas, porque nadie triunfará por su propia fuerza. El Señor juzga a través de toda la tierra.”
¿Y sabes una cosa, amiga? El Señor fue muy bueno con Ana y le permitió que tuviera tres hijos más y dos hijas.
Hemos escuchado la conmovedora historia de Ana, una mujer llena de fe y esperanza. Cómo Dios respondió a su oración y le dio lo que ella necesitaba.
¿Qué puedes aprender de esta historia? ¿Tiene algún significado para ti? Personalmente creo que puedo sacar muchas enseñanzas de la experiencia vivida por Ana.
Podemos pensar: “Qué difícil debe ser estar en una relación matrimonial donde hay dos esposas para un mismo hombre.” El plan de Dios fue que el matrimonio se formara con un solo hombre y una sola mujer. Dios dijo: «Dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y ambos serán una sola carne.» Creo que el plan de Dios está muy claro. Cuando lo cambiamos entonces viene el sufrimiento y las confusiones para la familia. Penina y Ana tendrían muchos celos entre ellas, ¿No te parece? Penina sabría que Elcana amaba más a Ana, por eso la hacía sufrir por la falta de hijos. Ana lo sufría en su interior y sin la comprensión de nadie.
Ana no se vengó de la otra esposa sino que llevó su problema directamente a Dios. Derramó su pena y sus lágrimas delante del Señor contándole sinceramente su problema y cuán miserable se sentía.
¡Cuánto aprendemos de Ana! Cuando algo agobia nuestro corazón podemos ir delante de Dios en oración con sinceridad y humildad.
Él es nuestro creador y sabe muy bien lo que necesitamos y cuánto estamos sufriendo. El Señor lo sabe pero Él desea que se lo digamos. Su oído está atento a nuestras peticiones. No dejemos de orar y esperar en Dios.
Algo más que aprendemos de la vida de Ana es que era una persona de palabra. En el momento de dolor y angustia, le prometió algo a Dios y lo cumplió. Ella le dijo: Voy a dedicar este hijo a ti todos los días de su vida, y así lo hizo. Tan pronto dejó de amamantarlo lo llevó al lugar de adoración para que sirviera a Dios en ese lugar. Qué madre sabia; comprendió y aceptó que Samuel era un regalo de Dios y que realmente no le pertenecía. Aprendemos que nuestros hijos son regalo de Dios para que los amemos, los criemos y los cuidemos mientras van creciendo, pero al fin pertenecen a Dios. Nuestra tarea es enseñarles con dedicación que sean personas de bien. Darles raíces para que se sientan amados, queridos y conozcan los caminos de Dios y sean personas de bien.
Luego darles alas para que aprendan a volar y vivir por sí mismos con la ayuda de Dios.
Ana fue una mujer valiente y llena de fe. Generosa y agradecida porque Dios la escuchó y le respondió en el momento adecuado. Decidió devolver a Dios lo más precioso que había recibido; su hijo Samuel. Samuel aprendió a amar a Dios y llegó a ser un hombre plenamente consagrado al Señor y respetuoso de sus mandatos. Todo el pueblo fue beneficiado por la vida de este hombre maravilloso. Su madre tuvo mucho que ver por la manera que lo enseñó y lo guio por los caminos de Dios.
En estos tiempos modernos saturados por el consumismo, nos preocupamos mucho por la ropa o el calzado que compraremos para que sean felices. Más bien ocúpate en enseñarle a tu hijo acerca de las verdades de Dios, y que vea en ti una mujer piadosa llena de fe y esperanza.
La Biblia habla de la mujer virtuosa y nos dice que sobrepasa al valor de las piedras preciosas. Es una mujer llena de bondad y de buenas obras. Dios nos llama a ser personas útiles. Siguiendo el ejemplo de Ana, demos gracias a Dios por todo lo que tenemos ya sea poco o mucho, todo le pertenece a Dios, nuestro hogar, nuestra familia, nuestros hijos, aún el hecho de estar con vida. Gracias demos a Dios por todo.
Cuánto hemos disfrutado aprendiendo de Ana, una mujer de fe y esperanza.
Era una mujer de oración. Dios respondió sus oraciones.
Te invito a que ores con nosotras con este poema anónimo titulado: Señor, yo no deseo
Señor yo no deseo
Tus misterios penetrar,
Yo tu omnipotencia veo
Y en tu omnipotencia creo
Nada quiero preguntar
Si tanto amor nos tuviste
Siendo la eterna razón,
Señor, consuelo del triste
Dame la luz que encendiste
En la santa redención.
Dirígeme, sé mi guía
En la densa oscuridad;
Ilumina el alma mía,
Y una chispa a ella envía
Del sol de la Eternidad.
Querida amiga, deseamos que entregues tu vida al Señor y Dios sea tú guía en momentos en que todo pueda parecer oscuro.
Recuerda que Jesús nos amó de tal manera que dio su vida en la cruz para darnos un verdadero sentido a nuestro vivir.
¡Feliz mes de la mujer!

