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Tenemos un Dios todopoderoso y grande que ha hecho tantas cosas buenas para que las disfrutáramos. La Biblia en el libro de los Salmos nos dice lo siguiente:
«De Dios es la tierra y su plenitud. El mundo y los que en él habitan, porque Él la fundó sobre los mares y la afirmó sobre los ríos.»
Salmos 24:1
Sí, Dios es el dueño de todo en este mundo, por tanto podemos sentirnos seguras y satisfechas, porque sabemos que Dios está en control de nuestra vida. Él sabe perfectamente lo que necesitamos y tiene el poder de darnos todo lo que tenemos. También tiene el poder de volver a tomar nuestras cosas si es su santa voluntad porque nos ama y quiere lo mejor para cada una de nosotras. Cuando aceptamos este hecho, nos damos cuenta también que el valor de nuestra vida no depende de lo que poseemos ni de cuánto vivimos.
Un proverbio de la Biblia dice lo siguiente:
«Los ojos del Señor están en todo lugar, mirando a los malos y a los buenos.»
Proverbios 15:3
Me impresiona pensar que Dios nos ve, no importa donde estemos y qué estemos haciendo. Es un desafío para que nos portemos bien, porque Él nos mira y nos ve siempre. Nada escapa de su mirada.
El Salmo 121 nos recuerda que Dios nos guarda siempre porque Él no duerme, está atento las 24 horas del día y de la noche. Nos dice que guardará nuestra salida y nuestra entrada desde ahora y para siempre. Por eso no debes olvidar de pedir al Señor que vaya contigo al salir de tu casa y agradecerle enseguida que regreses.
¿Te ha sucedido sentirte muy estresada y tensa debido a que quieres proteger y preservar de los que roban, todo lo que has conseguido con mucho esfuerzo en la vida? ¿Ya sea tu familia o cosas materiales? Nos esforzamos en ser responsables por el futuro de nuestros hijos, por las finanzas de nuestra familia, por nuestro trabajo y aún por nuestra salud. ¿Te ha sucedido que te has afligido demasiado cuando tus planes han fracasado? Nos hará bien recordar que Dios es el dueño de este mundo, de lo que somos y tenemos. Nada escapa de su cuidado, Él promete ayudarnos, socorrernos y fortalecernos en medio de las pruebas de esta vida, aún de nuestras posesiones materiales. ¿No crees que la vida sería mucho más sencilla si dejáramos nuestras cargas, preocupaciones y responsabilidades al cuidado del Señor?
Cuando Dios nos dio vida y junto con la vida lo necesario para vivir, debemos saber que no era sólo para nuestro placer y disfrute. La familia, los amigos, los compañeros de trabajo y nuestros vecinos fueron dados por Dios para compartir con ellos y ellos con nosotros para no sentirnos solos y abandonados en medio de la sociedad. Es sumamente importante comprender esto, porque nos necesitamos unos a otros y podemos bendecir a otros al comunicarnos y apoyarnos en lo que sea necesario. La soledad es un mal de nuestros días, con nuestra compañía podemos ayudar a sanar esa situación en nuestro lugar donde nos ha tocado vivir.
No se trata si tenemos mucho para compartir, a veces con muy poco podemos alegrar a alguien. Una palabra, un plato de comida, unos minutos de compañía, son suficientes para hacer el cambio en la vida de alguien que está muy solo.
Jesús, antes de partir de este mundo dijo a sus amigos: Un regalo tengo para dejarles: Paz en el alma. Jesús nos ha dejado su regalo. Paz en el alma, es un maravilloso regalo.
Dios – el dueño del Universo – en Su grande amor con que nos amó, envió su mejor regalo a este mundo perdido, envió a Jesucristo Su Hijo amado para que todo aquel que en Él cree reciba el regalo de la Vida Eterna. Una vida para siempre y maravillosa, libre del sufrimiento y el dolor.
Tenemos un Dios grande y maravilloso. Si tú crees en Él es el mejor regalo que la vida te haya otorgado. Reconocer que hay un Dios que nos ama y se interesa en nosotras. ¿Qué más podemos pedir?
Así lo reconoció y aceptó el poeta Amado Nervo que escribió las siguientes frases que ha titulado TÚ, allí por el año 1900. Léelas y hazlas parte de una oración de gratitud y alabanza al Creador, Dueño y Señor del Universo.
Señor, Señor. Tú antes, Tú después,
Tú en la inmensa hondura del vacío y en la hondura interior:
Tú en la aurora que canta y en la noche que piensa;
Tú en la flor de los cardos y en los cardos sin flor.
Tú en el cenit a un tiempo y en el nadir:
Tú en todas las transfiguraciones y en todo el padecer;
Tú en la capilla fúnebre, tú en la noche de bodas;
¡Tú en el beso primero, Tú en el beso postrer!
Tú en los ojos azules y en los ojos obscuros;
Tú en la frivolidad quinceañera y también
En las grandes ternezas de los años maduros;
Tú en la más negra sima, Tú en el más alto Edén.
Si la ciencia engreída no te ve, yo te veo;
Si sus labios te niegan, yo te proclamaré.
Por cada hombre que duda, mi alma grita: “Yo creo”
¡Y con cada fe muerta, se agiganta mi fe!

