Simeón y Ana: ancianos de fe

«Estaba también allí Ana… de edad muy avanzada… y era viuda hacía ochenta y cuatro años; y no se apartaba del templo, sirviendo de noche y de día con ayunos y oraciones. Esta… daba gracias a Dios, y hablaba del niño (Jesús) a todos los que esperaban la redención en Jerusalén».
Lucas 2:36-38

 

En el tiempo en que nació Jesús, hace ya más de 2000 años, el pueblo de Israel había sido conquistado por el Imperio Romano. Había gobernantes y soldados por todos lados y el pueblo debía pagaba mucho dinero en impuestos. Algunas personas decidieron vivir como los romanos y trataban estar de su lado. Pero muchos estaban esperando y orando a Dios para que les enviara Su Mesías, su libertador prometido, para rescatarlos de los romanos. Había mujeres y hombres, devotos creyentes, que también esperaban y oraban que este especial libertador trajera al pueblo de Israel de vuelta para que realmente amaran y siguieran a Dios con todos sus corazones.

Escuchemos cómo lo relata la Biblia, palabra de Dios, en Lucas 2: 22-40.

Había un anciano de nombre Simeón que vivía en Jerusalén. Era un buen hombre que respetaba a Dios y sus leyes. Ansiosamente esperaba ver cómo Dios salvaría a su pueblo. El Espíritu Santo de Dios estaba con él y le había mostrado que no moriría hasta haber visto al Mesías prometido del Señor. Un día el Espíritu Santo indicó a Simeón que fuera al templo. Había un matrimonio joven allí, llevando a su bebé para dedicarlo a Dios, con la ceremonia que se requería de ellos por la ley. Simeón se acercó a ellos, tomó al bebé en sus brazos, dio gracias a Dios y oró de la siguiente manera:

«Ahora Señor, tú has mantenido tu promesa, y por tanto permites que tu siervo se vaya en paz. Con mis propios ojos he visto tu salvación que has preparado para mostrar a todos los pueblos; es luz para mostrar tu voluntad a los gentiles, y traer gloria a tu pueblo Israel».

Ese bebé era Jesús, y su madre María y José lo llevaron para dedicarlo al servicio de Dios. Ellos sabían que tendría una única tarea que hacer. ¿Qué dijo Simeón acerca del bebé? La Biblia dice que Simeón pronunció una bendición sobre la familia y luego le dijo a María que Jesús fue elegido por Dios para traer salvación a mucha gente; pero que otros lo rechazarían y que eso le traería mucho dolor a su alma. Esa fue una profecía que el Espíritu de Dios le dio a Simeón y es lo que sucedió cuando Jesús murió en la cruz. Jesús dio su vida para salvarnos de nuestros pecados. ¡Imagínate cómo se sintió María su madre!

Había otra persona anciana en el templo. Escucha lo que la Biblia dice acerca de ella.

Su nombre era Ana y era muy anciana. Su esposo había fallecido apenas siete años después de que se habían casado, y ahora ella tenía por lo menos 84 años. Pasó todo este tiempo yendo y viniendo al templo, día y noche adorando a Dios allí, con ayunos y oraciones. Al mismo tiempo que Simeón, Ana fue al templo y comenzó a alabar a Dios por enviarle a quien Él les había prometido. Ella no podía parar de hablar acerca de este niño especial a todos aquellos que esperaban la redención en Jerusalén. María y José estaban maravillados por lo que Simeón y Ana dijeron. Pensaron acerca de esas palabras especiales mientras regresaban a su hogar. Mientras tanto el niño crecía y se fortalecía y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre Él.

Este relato es en realidad acerca de cómo Dios estuvo preparando al pueblo para reconocer quién era Jesús, el Único Dios prometido para hacer volver a su pueblo para que le siguiera. Jesús era el único que les salvaría, no de los romanos sino de sus pecados, y aún puede salvarnos de nuestros pecados cuando creemos en Él.

Este es un relato que nos gusta de manera particular debido a estos dos ancianos tan especiales. ¿Puedes imaginar a Simeón, orando y esperando, día tras día, por el que Dios había prometido? ¿Se sentiría anciano y cansado? Quizás sí. Después de que vio al bebé Jesús, le dijo a Dios que le permitiera morir en paz. Y la ancianita Ana, la mujer viuda, toda su vida la dedicó a orar, adorar y esperar. Parece como que aún dormiría en el templo. Ambos, Simeón y Ana, eran muy devotos a Dios. Esperaban que Él cumpliera su promesa. Eran realmente fieles a Dios porque creían que Dios sería fiel a ellos.

¿Tienes tú, amiga, esa misma confianza en que Dios es fiel? ¡No dejes de confiar en Él! A veces cuando al pasar los años nos vamos poniendo adultas mayores y con menos fuerzas para trabajar o nos acogemos al retiro o jubilación nos sentimos menos útiles. Pero de cuántas otras maneras podemos ayudar a nuestras familias o comunidades. Ana y Simeón parece que habían sido parte de un grupo que esperaba la salvación de Dios, e inmediatamente ellos comenzaron a divulgar el relato acerca del nacimiento de Jesús.

Las personas ancianas pueden ser muy sabias y pueden compartir su fe y su conocimiento con los más jóvenes. Si eres una persona adulta asegúrate de que lo que compartes es positivo y útil. Y si eres una mujer o varón joven, escucha a los ancianos cuando quieren decirte algo; seguramente tendrás mucho que aprender de ellos.

Quizás alguna amiga que está leyendo tiene problemas de salud o se siente muy débil y frágil en sus fuerzas físicas, y tiene que pasar muchas horas en quietud o sentada en una silla. ¡No te sientas mal! A todas nos llegarán tiempos en que necesitaremos que nos cuiden y nos hagan todas las cosas en casa. Pero aun si nada puedes hacer, podrías orar. ¡Cuántas personas te lo agradecerán! Tú oras y Dios bendice y fortalece vidas. La oración es un maravilloso ministerio que todas podemos realizar. Si te acostumbras a orar todos los días, eso se transforma en algo muy natural y precioso en tu vida. Orar es hablar con Dios. Es adorarle, es contarle nuestras cosas y es presentar las necesidades nuestras y de otros, porque Dios es todopoderoso y puede suplir todas las cosas conforme a su voluntad.

Simeón y Ana, los dos ancianitos, gustaban de ir al templo y orar y adorar a Dios allí en ese lugar, lejos del ruido y de las distracciones. Ellos confiaron a Dios toda su vida ya que humanamente hablando habían perdido todo. Tenían la esperanza de ver la salvación de Dios para su pueblo y así sucedió: fueron los primeros en ver al bebé Jesús en el templo. Agradecieron a Dios que podrían morir en paz después de conocer a Jesús el Salvador del mundo. Y tú mi amiga puedes hacer lo mismo: entregarle tu vida a Jesucristo porque Él vino para ser nuestro Salvador, y darnos la vida eterna en las moradas celestiales con Dios.

Es mi oración que Dios te bendiga y te llene de Su paz. 

2 Comentarios

  1. Pame Cardona dice:

    Me encanto la manera en q han explicado el tema.. Muy fácil para poder enseñarles a los niños el servicio a Dios

  2. Leti Rodriguez dice:

    Buenas noches es muy bonito saber que hay ancianos que nos pueden enseñar
    Me gustaría viajar cuidar ancianos y aprender mas de ellos como Dios les da la fortaleza como a Simón y a Ana bendiciines

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